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REDES Y AUTOESTIMA

Una story dura quince segundos, tu vida es todo lo demás

Cristina Acebedo Hernández·09/10/2026

Se acerca el puente del Pilar y, como ocurre siempre que juntamos unos cuantos días festivos, Instagram empezará a llenarse de aeropuertos, carreteras, desayunos de hotel, casas rurales, ciudades europeas y fotos estupendas de gente aprovechando el fin de semana.

Y está bien, viajar es maravilloso, conocer sitios nuevos, descansar, cambiar de escenario y salir de la rutina puede hacernos muchísimo bien. No tenemos que sentirnos culpables por disfrutar de aquello que podemos permitirnos, pero quizá tampoco esté de más recordar que no todo el mundo está viviendo el mismo octubre.

Porque mientras media España prepara una maleta, la otra media puede seguir intentando recuperarse de septiembre, de la vuelta al colegio, los libros, el material, los uniformes, las actividades, el comedor, las matrículas, la ropa que se ha quedado pequeña durante el verano y todos esos gastos que, cuando se juntan, convierten septiembre en un mes complicado para muchísimas familias. ¡¡¡No sé vuestra cuenta corriente, pero la nuestra se ha quedado temblando!!!

Y hay algo más importante todavía, hay personas que no están pasando simplemente por "una temporada en la que no pueden viajar". Hay familias que no pueden viajar nunca, no porque no sepan organizarse, porque no ahorren lo suficiente o porque tengan otras prioridades, sino porque después de pagar vivienda, comida, suministros, transporte y todo lo necesario para vivir, sencillamente no queda dinero para varios billetes, unas noches de hotel o comer fuera durante tres días.

Esto parece evidente hasta que abrimos Instagram. Ahí ocurre algo curioso, cinco minutos antes estábamos razonablemente contentos en nuestra casa y, después de ver diez stories seguidos, podemos empezar a sentir que somos los únicos que no estamos haciendo nada, que todo el mundo tiene una vida más interesante, que nuestros hijos se están perdiendo cosas o que deberíamos aprovechar más.

Esto tiene mucho que ver con cómo funciona nuestra mente. Nuestro cerebro no compara de manera especialmente justa, tiende a fijarse en aquello que parece confirmar que los demás viven mejor, hacen más cosas o disfrutan más. Cuando estamos cansados, preocupados por el dinero o simplemente más vulnerables, esa comparación puede intensificarse y hacernos sentir carencia incluso cuando unos minutos antes no sentíamos que nos faltara nada.

Ese es uno de los grandes problemas de la comparación en redes sociales, no comparamos dos vidas, comparamos nuestra realidad completa con momentos seleccionados de la vida de los demás: vemos el viaje, pero no vemos el contexto.

No sabemos cuánto ha costado, quién lo ha pagado, si supone un esfuerzo enorme, si esa familia tiene una situación económica muy distinta a la nuestra o si detrás de esa foto preciosa hay problemas que no aparecen en ninguna story.

Y, además, apenas vemos a quienes se quedan. No solemos subir una foto diciendo "este puente no podemos irnos a ningún sitio". Tampoco fotografiamos demasiado una tarde de sofá, una comida en casa, un paseo por el barrio, una película con los niños o simplemente el hecho de descansar sin gastar dinero.

Las redes sociales enseñan muy bien lo extraordinario, pero la vida ocurre casi siempre en lo cotidiano.

Y aquí hay otra trampa psicológica importante, cuando vemos repetidamente imágenes de viajes, planes, restaurantes o escapadas podemos empezar a percibir esas experiencias como mucho más frecuentes de lo que realmente son. Nuestro cerebro termina confundiendo "lo que veo mucho" con "lo que hace todo el mundo", aunque en realidad estemos viendo a muchas personas distintas mostrar únicamente sus momentos más llamativos.

El problema no es quedarse en casa durante un puente, el problema empieza cuando interpretamos que quedarse en casa significa que nuestra vida vale menos, que somos menos afortunados, menos interesantes o que estamos haciendo algo mal. Y no.

A veces quedarse en casa no es una elección romántica, ni una decisión minimalista, ni una manera de "disfrutar de lo sencillo". A veces es simplemente lo que hay. Y también ahí conviene tener cuidado con los discursos demasiado bonitos, porque no poder permitirse viajar puede doler, puede frustrar y puede hacer que una persona sienta que siempre está mirando desde fuera una vida que parece al alcance de todos menos de ella.

Esa sensación de estar quedándonos atrás puede ser especialmente incómoda porque toca algo muy humano, la necesidad de pertenecer, de sentir que nuestra vida es suficientemente buena y de pensar que estamos ofreciendo a nuestros hijos, a nuestra pareja o a nosotros mismos una vida que merece la pena. Por eso a veces no duele únicamente "no poder viajar", duele lo que interpretamos que eso dice sobre nosotros.

Por eso, quizá este puente merezca la pena recordar algo sencillo, viajar es maravilloso, pero no viajar no convierte nuestra vida en una vida peor.

Si puedes irte, disfrútalo muchísimo.

Y si no puedes, intenta que las fotos de los demás no se conviertan en una medida de tu propia vida. Porque… una story dura quince segundos, tu vida es todo lo demás.

Con Amor, Cristina Acebedo

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