Gestión emocional
Sostener, en vez de soltar
No todo se arregla dejándolo ir... Hay una frase que se ha vuelto casi un eslogan espiritual contemporáneo: "suéltalo", "déjalo fluir", "ya no vibra contigo, suéltalo". Y yo —que me paso la vida escuchando historias reales, vidas concretas, heridas antiguas— cada vez lo veo con más claridad: hemos romantizado la huida. Hemos confundido salud emocional con desaparecer a tiempo. Con no incomodarnos. Con no quedarnos. Con no reparar.
Cada vez que algo nos aprieta un poco, sacamos el móvil, nos compramos algo, buscamos un estímulo rápido, un chute de dopamina que tape el pequeño desgarro interno. Vivimos alérgicos a la incomodidad. Y cuando alguien nos hiere, muchas veces hacemos lo mismo: silenciar. Pero no silenciar para poder respirar y volver después desde la calma. No. Silenciar para siempre. Silenciar como quien cierra una puerta que no piensa volver a abrir.
También hemos hecho algo peligroso: darle etiquetas clínicas a cualquier comportamiento humano. Mi ex era un narcisista. Mi hermana es tóxica. Mi compañero es manipulador. Y sí, claro que existen personas que hacen daño, dinámicas que nos destruyen, vínculos que hay que cortar. Claro que a veces hay que irse. A veces, sí. Pero no como norma. No como filosofía de vida. No como mecanismo automático.
La mayor parte de las veces, lo que hay son personas haciendo lo que pueden con la historia que tienen. Personas imperfectas, llenas de contradicciones, como tú y como yo. Todos hemos sido el tóxico en la historia de alguien. Todos hemos mirado nuestro ombligo alguna vez. Todos hemos herido sin querer. Y no pasa nada: no por eso somos solo eso. En la consulta lo veo cada día: vínculos que podrían repararse si hubiera un poco más de pausa, un poco más de diálogo, un poco más de sostén.
Soltar se ha convertido en una consigna que usamos para no atravesar nada. "Suéltalo" cuando estás triste. "Suéltalo" cuando algo te enfada. "Suéltalo" cuando una responsabilidad te pesa. Soltar, para muchos, significa básicamente: no lo mires, no lo sientas, no lo trabajes. Y ese camino, tarde o temprano, pasa factura. Porque todo lo que evitamos vuelve por la puerta de atrás. Porque, como enseñamos en terapia, evitar es reforzar. Es como aquel profesor de autoescuela diciéndonos: "No pises la línea." Y ahí íbamos, a pisarla una y otra vez, sin remedio. La mente funciona igual: cuanto más intentamos no sentir algo, más grande se vuelve.
En la sala de terapia pasa algo mágico: se permite lo que fuera se censura. Ahí nadie te dice "suéltalo". Ahí te digo: "Vamos a sostenerlo juntas. Un poco. Solo lo que puedas hoy." La ira se atraviesa. El duelo se vive. El malestar se sostiene. La tristeza se llora. No porque sea agradable, sino porque es necesario. Porque para sanar no hay que saltar por encima, sino caminar a través.
He visto a personas que llevaban años huyendo, esperando que "soltar" solucionara sola la historia. Y he visto lo que ocurre cuando, por primera vez, se permiten quedarse dentro del dolor sin escapar: el cuerpo baja las defensas, la emoción se ordena, la herida empieza a cerrarse de verdad.
Quedarse no siempre significa seguir con alguien. A veces significa quedarse contigo, con lo que sientes, con la verdad incómoda que aparece. Quedarse es tener conversaciones incómodas, no evitarlas. Es cuidar los vínculos que importan, aunque no siempre sepamos cómo. Es reparar cuando algo se rompe, y permitir que te reparen también. Es sostener un compromiso sin buscar la puerta de emergencia. Es sentir la tristeza sin esconderla debajo de la alfombra. Es llorar un duelo completo, aunque escueza. La vida duele. Pero duele menos cuando se mira de frente.
No todo se suelta. No todo debe soltarse. Hay cosas que sí, claro: relaciones que se vuelven violentas, límites que se rompen, dinámicas que te arrasan. Ahí sí: vete. Aléjate. Suelta sin mirar atrás. Pero lo demás... lo demás requiere cuidado, presencia, y una voluntad de vida que va más allá de la comodidad.
A veces hay que mimar lo que tenemos. A veces hay que cuidar más de lo que creemos. A veces hay que sostener un poco más, aunque nos canse. A veces hay que reparar en vez de descartar. Nos estamos quedando sin músculo emocional para lo difícil. Y eso, a mí, me duele.
Quizá todo esto va de vivir sin miedo a sentir. De aceptar que las emociones son experiencias humanas, no amenazas. De confiar en que nada permanece desordenado para siempre: todo lo que se atraviesa, se ordena. Y que la vida, al final, no se trata de soltarlo todo, sino de sostener lo suficientemente fuerte lo que merece ser sostenido... y soltar solo cuando ya hemos hecho nuestro trabajo.
Con Amor, Cris.