Bienestar
Somos lo que pensamos (y lo que nos permitimos querer)
Somos lo que pensamos y lo que nos permitimos querer
Hay días en los que la vida no se sostiene con grandes decisiones ni con discursos brillantes.
Se sostiene con cosas pequeñas.
Con escenas cotidianas.
Con gestos casi invisibles que, sin embargo, mantienen el pulso de lo vivo.
Desde la psicología sabemos algo esencial: somos, en gran parte, lo que pensamos... y aquello a lo que dirigimos nuestra atención una y otra vez. El cerebro no distingue entre lo importante y lo urgente; distingue entre lo repetido y lo ignorado. Aprende por repetición. Se moldea según aquello que le ofrecemos a diario.
Por eso importa tanto en qué pensamos cuando nadie nos mira, qué imágenes aparecen cuando estamos cansados, qué recuerdos vienen cuando el día se hace cuesta arriba. Sin darnos cuenta, vamos alimentando nuestro cerebro con exigencia, con miedo, con culpa... o con cuidado.
Y ahí es donde las listas cobran sentido.
No como obligación.
No como técnica vacía.
Sino como acto consciente de autocuidado psicológico.
Nombrar lo que me gusta no es un gesto banal. Es una forma de decirle a mi sistema nervioso: esto también es vida, esto también cuenta, aquí hay descanso posible.
A mí me gusta estar con mis hijas y con Pablo.
Me gusta entrenar con mi entrenador y sentir el cuerpo fuerte, presente, habitado.
Me gusta una copa de cava sin prisa.
Comer sushi.
Leer.
Me gusta pisar la playa, pero no bañarme.
Sentarme en una terraza cerca del mar.
Estar en la playa con sudadera y katiuskas, sin necesidad de hacer lo que se supone que hay que hacer.
Me gusta desmaquillarme despacio, como quien se quita el día de encima.
Ducharme con el agua hirviendo.
Meterme en la cama con las sábanas recién planchadas, en una cama con topper.
Los zapatos limpios.
Limpiar las gafas y dejar de mirar el mundo a través de la suciedad.
Me gusta conducir sin ruido ni música.
Tumbarme en el césped y ver cómo se mueven las nubes.
El silencio, ese que no incomoda.
Pasear por Salamanca sin rumbo.
Me gusta la voz de mi padre.
La risa de mi madre.
Acordarme de mi abuelo sentada en el balcón de casa, como si el tiempo pudiera detenerse un momento.
Me gusta Asturias en cualquier versión.
Tomar pinchos con mi amiga Sara en Los Lobos.
El cachopo de cecina.
Los filetes rusos.
El puré de calabacín de mis padres.
Me gusta tomar agua muy fría en verano, con una rodaja de limón.
Me gusta la sensación de salir del hospital. Y no es poca cosa, porque paso muchas horas en hospitales. Salir y respirar. Volver a lo cotidiano. Recordar que la vida sigue fuera.
Me gusta la risa de Lola.
La sensibilidad de Carlota.
El olor de la lluvia.
Ver dormir a mis hijas.
Mis amigas celebrando juntas, sin grandes motivos, sólo por estar.
Me gusta haber dejado de fumar el 22 de agosto de 2025.
Porque dejar de fumar no fue solo dejar un hábito.
Fue elegir cuidarme.
Fue apostar por quedarme.
Me gusta mi trabajo.
Me gusta sentir el amor, incluso cuando da vértigo.
Y mientras escribo esta lista, algo dentro se coloca. No porque desaparezcan las dificultades, sino porque el cerebro necesita anclajes de seguridad. Necesita saber que hay placer, que hay vínculo, que hay memoria emocional buena a la que volver cuando todo aprieta.
Cuando vivimos en alerta, en exigencia constante o en supervivencia emocional, dejamos de registrar lo bueno. No porque no exista, sino porque el sistema nervioso está demasiado ocupado protegiéndose. Por eso recordar también es una forma de sanar.
Estas listas no niegan el dolor.
No maquillan la vida.
Pero equilibran la balanza.
Son una forma de entrenar la mirada.
De enseñarle al cerebro que no todo es amenaza, que no todo es esfuerzo, que también hay descanso, belleza y sentido.
Quizá hoy puedas preguntarte, con calma:
¿Qué cosas me gustan a mí?
¿Qué escenas me regulan?
¿Qué recuerdos devuelven a mi cuerpo una sensación de hogar?
No para exigirte gratitud.
No para obligarte a estar bien.
Solo para recordarte.
Porque cuidarse no siempre es hacer más.
A veces es pensar mejor, mirar con más ternura, y darle al cerebro algo a lo que agarrarse cuando flaquea.
Y eso, aunque a veces se nos olvide, esto también es salud mental.