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Autocuidado

Respirar octubre: el arte de bajar el ritmo

Cristina Acebedo Hernández·9 octubre 2025

Hay meses que llegan como una bocanada de aire frío que ordena el mundo. Octubre es uno de ellos. Vuelve el horario, las mochilas con notas dentro, las agendas que se llenan... y, a la vez, una pregunta silenciosa: ¿y yo dónde me dejo un hueco? A Salamanca aún no ha llegado el frío, pero sí ha llegado la rutina. Las mañanas huelen a tostaditas, a prisas suaves, a "ponte la chaquetita por si refresca", y las calles se llenan de un brillo dorado que no quema. A veces, cuando salgo, siento que la ciudad me arropa: el murmullo de los pasos, el saludo rápido de la vecina del tercero, una nube que se abre justo encima de la plaza como si alguien hubiera puesto una mano para apartarla con cuidado. En ese telón de fondo discreto, mi cuerpo encuentra pequeños huecos para respirar sin prisa.

Una escena cotidiana

Ayer por la tarde, mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, me quedé mirando el reflejo de las luces en el escaparate de una papelería. Dentro, una niña probaba rotuladores y sonreía cuando uno pintaba más intenso; su madre la miraba con esa mezcla de ternura y reloj en la muñeca. Al lado, un señor mayor doblaba un periódico con paciencia, como quien guarda un secreto. Y entonces la vi a ella: una mujer con tres bolsas, el móvil encajado entre hombro y oreja, y la mirada ida. En su voz cabían dos frases que conozco demasiado: "llego tarde" y "no me da la vida". Mientras hablaba, ajustó la bufanda que todavía no hacía falta, recolocó una bolsa que pesaba más de lo previsto y apretó los labios.

El tiempo se hizo muy pequeño. Un coche frenó un poco brusco, alguien silbó sin querer, y un niño preguntó "¿falta mucho?". La luz cambió a verde y el grupo avanzó como un pequeño río; yo di dos pasos y me detuve medio segundo más, como para cogerme del borde del día antes de entrar del todo. La mujer siguió hablando, yo seguí pensando: ¿cuántas veces cruzamos en automático, con el cuerpo delante y la cabeza detrás? ¿Cuántas veces nos perdemos el matiz del aire, la caricia de una sombra, el sonido chiquitito de nuestra propia respiración?

Yo también lo hago. Hay días en que mi mente escoge autopista y mi cuerpo, barrio antiguo. Voy demasiado recta por dentro para unas calles que piden curva, y todo chirría un poquito. Entonces me acuerdo de una práctica sencilla que me salva: poner los pies en el suelo y notar el peso. Solo eso. En el supermercado, en la puerta del cole, en el pasillo de casa mientras las mochilas caen y el agua del grifo empieza a cantar. Dos segundos de presencia que me devuelven a mí. Primero siento el talón, luego la planta, luego los dedos. Como cuando pruebas un pan y reconoces la miga. A veces me encuentro tan lejos de mí que me asusta. Pero vuelvo... una exhalación más larga, un gesto mínimo, y vuelvo.

Lo que pasa por dentro (breve psicología útil)

Nuestro sistema nervioso no distingue demasiado entre una urgencia real y una agenda saturada: siempre que percibe amenaza, activa el modo "sobrevivir". Ahí aparecen la prisa, la irritabilidad, los olvidos, el sueño ligero. No estamos "mal": estamos adaptándonos. El problema es quedarnos a vivir en esa alerta.

El antídoto no es heroico, es constante y pequeño: señales repetidas de seguridad. Respirar más lento, sentir el apoyo de una silla, notar la temperatura de la taza, mirar a alguien a los ojos tres segundos. Son anzuelos que le dicen al cuerpo: "aquí, ahora, está bien".

Tres prácticas pequeñas para días grandes

1) Semáforos conscientes (30-60 segundos). Cada semáforo, cola o carga de pantalla es una invitación. Inhala contando 4, exhala contando 6. Nota los pies. Pregúntate: ¿qué emoción está aquí ahora mismo? No cambiarla, solo nombrarla.

2) El gesto del hogar (2 minutos). Elige un gesto que tu cuerpo reconozca como refugio: apoyar la espalda en la pared, sostener la taza de café con canela con las dos manos, tocarte el esternón suavemente. Hazlo siempre que pases de una tarea a otra. Es un ancla entre capítulos.

3) El inventario amable (noche, 3 líneas). En una libreta: algo que hiciste (aunque sea pequeño), algo que sentiste (aunque no te guste), algo que necesitas (aunque no puedas dártelo hoy). Es una forma de validarte y seguir ajustando sin castigarte. Lo que sientes, lo que vives, EXISTE, aunque no lo mires, aunque no lo hables, aunque no lo mimes.

Un lugar para la ternura

A veces me pregunto por qué nos cuesta tanto tratarnos con la delicadeza con la que tratamos a quien queremos. La respuesta no es simple, pero hay una pista: aprendimos a funcionar antes que a sentir. Desaprender no es dejar de hacer; es hacer con otra música. El día sigue, pero el ritmo cambia.

Cuando cuido de mi abuela Lola o de mis hijas esto es evidente. Hay días buenos y días enredados. Lo que no cambia es el ritual de inicio: les ofrezco mi mano y esperamos. No hablamos mucho; respiramos al mismo tiempo. Ese gesto mínimo coloca el resto. No arregla todo, pero ordena lo importante. El arte de ESTAR.

Cuando notes prisa, no te regañes: vuelve al cuerpo. Deja de forzar y de exigirte todo el día. Trátate bien. Tres respiraciones más largas que las últimas y un gesto de hogar. Ya estás.

"Estoy aquí y es suficiente." "Puedo ir más despacio sin llegar tarde a mi vida." "Soy importante por lo que soy, no por lo que hago."

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Con Amor, Cris 😊

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