GESTIÓN EMOCIONAL
¿Quién serías si no tuvieras miedo?
Hay miedos que se reconocen enseguida. El miedo a enfermar, a perder a alguien, a que algo salga mal, a quedarse solo. Y luego están esos otros miedos mucho más discretos, que llevan tanto tiempo con nosotros que terminamos confundiéndolos con nuestra personalidad.
"Yo soy así." Quizá, ¿no? Pero... quizá también has aprendido a ser así.
A veces decimos que somos prudentes cuando, en realidad, tenemos miedo a equivocarnos; decimos que somos muy considerados cuando nos aterra decepcionar; decimos que no necesitamos demasiado cuando llevamos años intentando no molestar; decimos que preferimos evitar conflictos cuando lo que hemos aprendido es que expresar lo que queremos puede tener consecuencias.
Y poco a poco vamos construyendo una versión de nosotros mismos que funciona muy bien para los demás.
Una versión educada, disponible, razonable, responsable. Una persona que sabe adaptarse, que piensa antes de hablar, que intenta comprender siempre las razones del otro, que mide el tono, que procura no incomodar demasiado, que se pregunta cómo sentará cada decisión antes incluso de preguntarse cómo le sienta a ella.
El problema no es querer agradar. Todos necesitamos pertenecer, sentirnos queridos, reconocidos y aceptados. Somos seres profundamente sociales y el vínculo importa (e importa mucho). El problema aparece cuando agradar deja de ser una elección y se convierte en una estrategia para sentirnos seguros.
Entonces empezamos a vivir demasiado pendientes de la reacción ajena.
"No quiero que piense que soy egoísta", "No quiero decepcionarle", "No quiero que se enfade", "No quiero que hablen mal de mí", "No quiero parecer antipática."... y así, casi sin darnos cuenta, la pregunta deja de ser "¿qué quiero hacer?" y pasa a ser "¿qué debería hacer para que nadie se moleste conmigo?". Ahí... ¡puf!, ahí es el miedo quien empieza a tomar decisiones.
No siempre te impide avanzar de una manera espectacular. A veces simplemente consigue que tardes años en hacer algo que querías hacer, que permanezcas demasiado tiempo en lugares que ya no te hacen bien, que aceptes planes que no deseas, que calles conversaciones necesarias, que continúes relaciones agotadas o que pidas permiso para cosas para las que, en realidad, no necesitas permiso.
Porque una de las trampas del miedo es hacernos creer que sentirlo significa que no estamos preparados. Y no, rotundamente no, muchas veces el miedo aparece precisamente cuando estamos a punto de hacer algo nuevo, cuando nos alejamos de aquello que conocemos o cuando dejamos de comportarnos como los demás esperan.
Poner un límite puede dar miedo y seguir siendo correcto, cambiar de opinión puede dar miedo y seguir siendo necesario, decir "no quiero" puede hacernos sentir culpables y, aun así, ser una forma profundamente sana de cuidarnos.
La culpa, ese gran temazo, tampoco significa siempre que estés haciendo algo mal. A veces significa simplemente que estás haciendo algo diferente. Si durante muchos años has aprendido que ser buena persona significaba estar disponible, ceder, comprender, cuidar, sostener y no generar demasiados problemas...
Por eso, crecer psicológicamente también implica tolerar algo incómodo: que no todo el mundo va a estar contento con nuestras decisiones. ¡Boom!, lo he dicho. No podemos gustarle a todo el mundo... es así. Habrá personas que preferían nuestra versión complaciente. Personas que estaban cómodas cuando siempre decíamos que sí, cuando explicábamos cada decisión, cuando estábamos disponibles o cuando colocábamos sus necesidades antes que las nuestras. Y eso también hay que aprender a soportarlo.
No se trata de convertirse en alguien que no tiene en cuenta a los demás. Se trata de empezar a incluirnos a nosotros mismos dentro de la ecuación. Preguntarnos qué queremos, qué necesitamos, qué estamos sosteniendo únicamente por miedo, qué haríamos distinto si no necesitáramos tanto la aprobación de fuera.
Quizá no cambiaríamos toda nuestra vida... Quizá simplemente hablaríamos más claro, nos iríamos antes de algunos lugares, dejaríamos de justificar algunas decisiones, diríamos algún "no", pediríamos alguna cosa, nos permitiríamos decepcionar a alguien sin convertir automáticamente esa decepción en una culpa insoportable... quizá es tan simple como un día decir en ese restaurante, mientras todo el mundo elige qué quiere pedir para compartir, aquello que tú quieres.
Porque ser libre no consiste en dejar de tener miedo, probablemente el miedo siempre estará ahí de alguna manera... El miedo, el vértigo y la incertidumbre forman parte de la vida... Quizás la libertad empieza cuando el miedo puede acompañarte, pero deja de dirigir.
Y quizá por eso hay una pregunta que merece la pena hacerse de vez en cuando:
¿Quién serías si no tuvieras tanto miedo a dejar de gustar?
Con Amor, Cris.