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Crianza

¿Qué proyectamos en nuestros hijos?

Rosario Segovia Brome·04/06/2026

No soy madre. Lo digo desde el principio porque me parece honesto. Este texto no nace desde la experiencia de criar, sino desde la mirada que se va afinando cuando una se detiene a observar los vínculos, a escuchar con atención, a sentir lo que se mueve en consulta y en la vida. Lo escribo desde ahí: desde lo que veo, desde lo que me toca, desde lo que he vivido también como hija. No para señalar, ni para enseñar a nadie cómo debería hacerlo. No hay juicio aquí. Solo una invitación suave, una mano tendida, una pregunta abierta.

He escuchado a muchas madres hablar con amor inmenso de sus hijos. Con entrega, con dudas, con cansancio, con miedo. Y también he escuchado a muchas hijas intentar comprender qué fue lo que dolió. Y muchas veces ese dolor no viene de una falta de amor. Viene de lo que no se vio. De lo que no se nombró. De lo que se proyectó sin querer.

Este texto habla de eso. Con cuidado. Con respeto. Con el deseo de que podamos reconocer nuestras sombras sin perdernos de vista.

¿Y si lo que intentas corregir en tus hijos no tuviera que ver con ellos, sino con algo que aún te duele a ti?

Criamos con amor, sí. Pero también con heridas que no siempre recordamos que tenemos. Con miedos que aprendimos a no nombrar. Con expectativas que heredamos y que damos por ciertas sin haberlas elegido. Y a veces, sin darnos cuenta, les pedimos que sean lo que no pudimos ser nosotras. O lo que creemos que les protegerá. O lo que aún necesitamos que alguien sea para nosotras.

Antes de ser madre, fuiste hija. Y esa historia, la tuya, también está presente cuando educas, cuando corriges, cuando te impacientas, cuando temes. Está en el tono que usas cuando algo te saca de quicio. En la reacción que no esperabas tener. En lo que no puedes tolerar de tus hijos y que, si te detienes un momento, quizá reconoces en ti misma. O en alguien que te marcó.

Si esa historia no se mira, es fácil proyectarla. Y en esa proyección, la mirada se nubla. Dejas de ver a los hijos que tienes delante y empiezas a ver, sin saberlo, a la niña que fuiste. O al padre que tuviste. O al miedo que no soltaste.

No lo haces para dañar. Lo haces desde lo que conoces. Desde lo que te enseñaron. Desde lo que aún te cuesta. Una madre controladora, tal vez, fue una niña que creció sin sentir seguridad y aprendió que controlar era la única forma de no perderse. Un padre frío pudo haber aprendido a callar el miedo para sobrevivir. Nadie llega a la crianza limpio de historia. Nadie.

Y los hijos no interpretan. Absorben. No tienen la distancia ni los recursos para pensar “mamá está proyectando”. Lo que sienten lo convierten en verdad sobre sí mismos. Cuando escuchan una y otra vez que son demasiado sensibles, que deberían poder con más, que a su edad ya [lo que sea]..., no duda de ti. Dudan de ellos mismos. Creen que hay algo mal en cómo son, algo que necesitan cambiar para seguir siendo queridos.

Y tú no quieres eso. Precisamente porque les quieres, no quieres eso.

Por eso importa mirarse. No para hacerlo perfecto, porque eso no existe. No para cargar con más culpa de la que ya hay, que suele ser demasiada. Sino para poder detenerse a veces y preguntarse: ¿esto que estoy sintiendo ahora tiene que ver con ellos o tiene que ver con algo mío? ¿Les estoy viendo a ellos, o me estoy viendo a mí?

Cuanto más conectes con tu parte de hija, con lo que necesitaste y no siempre llegó, con lo que aprendiste sobre el amor y el miedo y el mérito, menos necesitarás moldear a tus hijos para sentirte a salvo. Porque en el fondo, muchas de las cosas que intentamos corregir en ellos son cosas que aún no hemos podido aceptar en nosotras.

Y en ese proceso, la mirada se va limpiando. Poco a poco. Se va afinando. Puedes empezar a ver a tus hijos no como alguien que tiene que hacerlo bien para ser querido, sino como alguien que ya merece ser visto tal como es. Sin filtros. Sin expectativas que no son suyas. Con la paciencia que quizás te faltó a ti.

No se trata de hacerlo todo bien. Se trata de poder detenerte, cuando puedas, y recordar que no necesita cambiar para que le quieras.

Y quizás, también, que tú tampoco.

Si sientes que hay algo en tu historia que está afectando a cómo te relacionas con tus hijos, estamos aquí para acompañarte en ese proceso.

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