PREVENCIÓN Y SALUD MENTAL
Pero si lo tenía todo…
Estos días, a raíz del fallecimiento de Presley Gerber, hijo de Cindy Crawford, he leído una frase repetida de muchas maneras diferentes. «Con la vida que tenía». «Con todo lo que tenía». «Qué pena estar deprimido pudiendo tenerlo todo». Incluso ese desconcierto que aparece cada vez que conocemos el sufrimiento de alguien a quien, visto desde fuera, parecía no faltarle absolutamente nada.
Y entiendo de dónde nace la pregunta, de verdad que la entiendo, porque cuando pensamos en aquello que puede hacernos sufrir solemos imaginar problemas concretos, una hipoteca que no podemos pagar, un trabajo que podemos perder, llegar con dificultad a final de mes, no poder permitirnos un tratamiento, vivir en una casa que no nos gusta y de la que no podemos marcharnos, tener que seguir en un empleo que nos destroza porque necesitamos el sueldo. Problemas absolutamente reales que pesan, desgastan y condicionan profundamente nuestra salud mental.
El dinero importa, ¡por supuesto! Tener recursos económicos puede eliminar una cantidad enorme de incertidumbre. Puede permitirte parar cuando estás agotado, acceder antes a determinados profesionales, elegir dónde vivir, delegar tareas, pedir una excedencia, viajar, cambiar de trabajo sin preguntarte cómo vas a pagar la compra el mes siguiente. Puede darte una vivienda segura, ayuda doméstica, buenos médicos, tiempo y posibilidades. Negarlo sería absurdo.
La pobreza, la precariedad, el desempleo, la inseguridad económica y la desigualdad son factores que pueden aumentar el riesgo de problemas de salud mental. Vivir permanentemente haciendo cálculos para saber si podrás pagar el alquiler genera un tipo de estrés que probablemente no experimentará nunca quien tiene millones en el banco. Pero... de ahí a pensar que el dinero inmuniza frente al sufrimiento psicológico hay una distancia enorme... porque tener una vida sin determinados problemas no significa tener una vida sin dolor.
La depresión no es simplemente estar muy triste porque las cosas nos van mal. Tampoco es una especie de balance contable en el que nuestro cerebro coloca en una columna todo lo bueno que tenemos y, si la suma es suficientemente grande, automáticamente decide que debemos sentirnos felices. Ojalá funcionáramos así...
Una persona puede tener una familia que la quiere y sentirse profundamente sola; puede tener una casa preciosa y no encontrar fuerzas para levantarse de la cama; puede recibir reconocimiento profesional y sentirse absolutamente inútil; puede tener amigos, pareja, éxito, oportunidades y sentirse incapaz de imaginar un futuro en el que merezca la pena estar.
Y desde fuera resulta dificilísimo comprenderlo porque nosotros estamos observando precisamente aquello que la enfermedad puede impedirle sentir. Nosotros vemos privilegios mientras que la persona puede estar sintiendo vacío; nosotros vemos posibilidades y ella puede no ser capaz de imaginar ninguna; nosotros vemos personas que la quieren y ella puede estar convencida de que es una carga para esas mismas personas.
Ahí está una de las trampas más crueles de determinados problemas de salud mental. No siempre cambia lo que hay alrededor, pero puede cambiar radicalmente la manera en la que una persona es capaz de percibirse a sí misma, a los demás y al futuro.
Por eso hay una pregunta que deberíamos intentar desterrar cuando hablamos de depresión: "¿Pero qué motivos tiene para estar mal?" No necesitamos presentar una causa suficientemente grave ante un tribunal imaginario para tener derecho a sufrir.
Una persona puede estar deprimida después de perder su trabajo, después de un duelo o atravesando una enfermedad, pero también puede desarrollar una depresión cuando aparentemente todo marcha bien porque intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales, experiencias anteriores, vulnerabilidades personales y muchas otras variables que jamás podremos conocer mirando una fotografía de Instagram.
Además, existe algo especialmente perverso en sufrir cuando todo el mundo considera que deberías ser feliz: al dolor se le añade la culpa.
"No debería sentirme así"
"Hay gente mucho peor"
"Tengo una familia maravillosa"
"Tengo dinero"
"Tengo trabajo"
"¿De qué me quejo?"
Y esa comparación no cura, normalmente consigue justo lo contrario, que la persona se avergüence todavía más de lo que siente y que tarde más en contarlo.
A nadie se le ocurriría decirle a una persona con cáncer que debería sentirse culpable por estar enferma porque tiene una casa estupenda. Sin embargo, con la salud mental seguimos haciendo a veces ese extraño ejercicio de buscar razones externas que justifiquen suficientemente el sufrimiento, quizá porque aceptar lo contrario nos inquieta...
Nos tranquiliza pensar que el dolor siempre tiene una explicación que podemos controlar. Si alguien está mal porque no tiene dinero, porque ha perdido a su pareja o porque ha vivido una tragedia, encontramos una causa visible y nuestro cerebro puede ordenar el mundo; pero claro, descubrir que alguien joven, querido, atractivo, con recursos y aparentemente rodeado de oportunidades puede sufrir profundamente rompe esa sensación de seguridad. Esto nos recuerda algo incómodo: la mente humana es mucho más compleja.
Esto tampoco significa caer en el extremo contrario y decir que las circunstancias vitales no importan. ¡Importan muchísimo! El dinero no compra la salud mental, pero puede comprar tiempo, seguridad, descanso, acceso a tratamiento y alternativas, y todas esas cosas pueden protegernos. No es lo mismo atravesar una depresión con una red familiar estable, recursos económicos y acceso inmediato a profesionales que hacerlo mientras temes perder tu casa o no puedes permitirte dejar de trabajar ni un solo día.
Las dos ideas pueden ser ciertas al mismo tiempo: el privilegio económico protege frente a algunos sufrimientos, pero no protege frente a todos. Y quizá eso es lo que deberíamos recordar antes de escribir "pero si lo tenía todo". Porque tampoco sabemos qué significa exactamente "todo"...
La vida de una persona no cabe en aquello que nosotros podemos observar desde fuera... Y creo que deberíamos tener especial cuidado cuando ocurre una tragedia. No necesitamos reconstruirla desde nuestras casas ni encontrar rápidamente una explicación. Muchísimo menos decidir qué razones eran o no suficientemente importantes para sufrir. Creo que podemos hacer algo bastante más útil.
Preguntar más y juzgar menos. Creer a alguien cuando nos dice que no está bien, aunque desde nuestra perspectiva tenga una vida maravillosa. No responder automáticamente con un "pero si tienes de todo", "anímate", "piensa en tus hijos" o "hay gente que está muchísimo peor". A veces quien está sufriendo ya conoce perfectamente todas las razones por las que debería sentirse bien. El problema es que conocerlas no siempre significa poder sentirlas.
Y quizá el mensaje más importante sea precisamente ese:
Puedes tener una vida que otros envidiarían y necesitar ayuda.
Puedes querer profundamente a tu familia y estar deprimido.
Puedes sentir gratitud y dolor a la vez.
Puedes tener dinero, oportunidades, personas que te quieren y aun así atravesar una enfermedad mental.
Porque la salud mental nunca ha sido un premio reservado para quien tiene una vida difícil, ni la depresión un castigo que solo aparece cuando tenemos motivos suficientes para estar tristes.
Así que la próxima vez que pensemos "pero si lo tenía todo", quizá podamos cambiar ligeramente la pregunta. No es preguntarnos qué le faltaba, es preguntarnos cuánto dolor podía haber detrás de todo aquello que nosotros sí veíamos.
Con Amor, Cris.