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Cuerpo e imagen corporal

No quiero amar mi cuerpo: quiero cuidarlo

Cristina Acebedo Hernández·19/06/2026

Hay una frase que últimamente me pone un poco nerviosa, y mira que entiendo de dónde viene, entiendo la intención, entiendo la reparación que trae detrás, entiendo que venimos de décadas de machaque, de cuerpos imposibles, de básculas con poder notarial, de bikinis que parecían oposiciones, de revistas diciéndonos cómo llegar perfectas al verano y de una cultura que nos enseñó a mirar nuestro cuerpo como si fuera una obra siempre pendiente de reforma.

Lo entiendo.

Pero aun así, cada vez que leo eso de «ama tu cuerpo, porque con él has parido, con él bailas, con él abrazas, con él vas a la playa, con él te tiras pedos, con él has sobrevivido, con él eres tú...», me dan ganas de decir: vale, sí, muy bien, precioso, pero también podemos bajar un poquito la intensidad, ¿no?

Porque igual yo no quiero amar mi cuerpo sobre todas las cosas, igual no quiero escribirle una carta de amor a mis muslos, igual no me apetece mirar mi tripa con devoción espiritual cada mañana, igual no necesito ponerme delante del espejo y decirme «eres perfecta» cuando, honestamente, hay días en los que me miro y pienso: «Bueno, estamos haciendo lo que podemos». Y no pasa nada.

No todo tiene que pasar por el amor absoluto, a veces basta con respeto, con no insultarse. A veces basta con dejar de tratar el cuerpo como un enemigo, pero sin convertirlo tampoco en un templo con velas, incienso y ceremonia de gratitud diaria.

Porque el cuerpo no es solo una idea bonita, ni un manifiesto, ni una pancarta de autoaceptación. El cuerpo es carne, hueso, músculo, sueño, hambre, cansancio, hormonas, digestión, dolor de espalda, respiración, piel, fuerza, deseo, tensión, sistema nervioso y, sí, también gases, que por lo visto ahora son argumento de autoestima.

Y está bien aceptar el cuerpo, ¡Claro que está bien! Es más, es necesario. Pero aceptar el cuerpo no debería significar desentenderse de él, ni llamarle amor propio a cualquier forma de abandono, ni confundir «no me odio» con «no tengo que revisar cómo estoy viviendo». Porque una cosa es no vivir castigándote por tu cuerpo, y otra muy distinta es dejar de escuchar lo que tu cuerpo te está diciendo a gritos. Porque sí: a veces el cuerpo grita.

Grita con cansancio, con inflamación, con dolor, con falta de aire al subir escaleras, con digestiones imposibles, con insomnio, con tensión en la mandíbula, con dolores que se repiten, con esa sensación de «no puedo más» que una intenta tapar con café, pantallas, azúcar, sofá, prisa y «ya me cuidaré cuando pueda».

Y no, no siempre podemos cuidarnos como nos gustaría, porque la vida existe, los hijos existen, el trabajo existe, las preocupaciones existen, los horarios existen y el cansancio existe, pero quizá por eso mismo necesitamos hablar del cuerpo con un poco más de verdad y un poco menos de eslogan. Porque sí, aceptarse está muy bien. Pero estar sanas también. Y esto, que parece una obviedad, a veces se nos pierde por el camino.

En un extremo está la cultura del cuerpo perfecto, la exigencia, la comparación, la obsesión, el control, el «operación bikini», el «compensa», el «quema», el «mereces comer esto solo si antes entrenaste», esa mirada dura que convierte el cuerpo en un proyecto estético eterno, como si vivir fuera una auditoría de abdominales.

Y en el otro extremo, a veces, aparece una especie de discurso amable pero tramposo que dice: «Quiérete tal y como eres», y se queda ahí, sin preguntarse si tal y como estás te duele, te pesa, te limita, te apaga, te desconecta o te está pasando factura.

El cuidado está justo en medio: en no odiarte, pero tampoco abandonarte. En no exigirte perfección, pero sí presencia.

Querer estar sana no es superficial, querer moverte mejor no es traicionarte, querer recuperar fuerza no es odiar tu cuerpo, querer comer de una manera que te siente bien no es caer en la dictadura estética, querer descansar, caminar, ganar músculo, mejorar tu salud cardiovascular, tener más energía, reducir el dolor, sentirte más cómoda en tu cuerpo, no es falta de aceptación. Es cuidado.

Otra cosa es desde dónde lo haces, ahí está la clave.

No es lo mismo moverte porque odias tu cuerpo que moverte porque quieres habitarlo mejor. Ni es lo mismo comer bien porque te castigas que comer bien porque notas que tu cuerpo funciona distinto cuando le das comida de verdad. Como tampoco es lo mismo querer perder peso desde el desprecio que querer recuperar salud desde el respeto. No es lo mismo mirarte al espejo y decir «qué horror» que decir «necesito cuidarme más».

La conducta puede parecer la misma, pero la música de fondo es completamente distinta. Y en psicología la música de fondo importa muchísimo.

Porque durante años muchas mujeres hemos aprendido a cuidarnos desde el castigo, desde la vergüenza, desde la comparación, desde la idea de que el cuerpo era algo que había que domesticar, reducir, apretar, esconder, corregir, controlar. Y claro, cuando llega un discurso que dice «no tienes que odiarte», muchas respiramos. Por fin.

Por fin alguien nos recuerda que no somos un antes y un después, que no tenemos que vivir esperando a adelgazar para ponernos un vestido, ir a la playa, salir en una foto, disfrutar del sexo, bailar, reírnos o existir sin pedir perdón. Eso es importante, es liberador, es salud mental. Pero la liberación no puede quedarse en «da igual cómo estés». Porque no, no da igual cómo estés. (Y no hablo de físico, aunque también).

No da igual si no duermes, si no te mueves, si comes cualquier cosa a cualquier hora porque no llegas a más, si tu espalda te pide auxilio, si tu cuerpo vive inflamado, si tu energía está por los suelos, si tu médico te dice que hay indicadores que conviene mirar, si tu sistema nervioso está en modo emergencia permanente, si llevas años funcionando por encima de tus posibilidades. No da igual.

Y decir esto no es gordofobia, ni obsesión, ni machaque, ni falta de amor propio. Es realidad. El cuerpo no es un adorno, pero tampoco es una entidad abstracta a la que solo hay que aceptar en Instagram. El cuerpo es la casa donde ocurre la vida.

Y una casa no se cuida insultándola, claro que no, pero tampoco se cuida diciendo «me encanta tal y como está» mientras hay goteras, humedades, una ventana rota y la calefacción haciendo un ruido rarísimo desde 2019. Una casa se cuida mirando lo que necesita. Sin odio. Sin drama. Sin convertir cada grieta en una tragedia. Pero mirando.

Y quizá ese sea el punto que a mí me interesa: salir de la guerra con el cuerpo, sí, pero entrar en una relación más adulta con él. Una relación menos histérica, menos estética, menos exigente, menos de «tengo que quererme muchísimo» y más de «tengo que atenderme mejor». Porque a veces no necesitamos autoestima corporal, necesitamos responsabilidad corporal. Y la palabra responsabilidad nos da un poco de alergia, porque suena a obligación, a culpa, a señor serio con carpeta, pero en realidad también puede ser una forma de ternura. Responsabilidad es responder a lo que el cuerpo pide.

Es preguntarte: ¿qué me está diciendo este cansancio?, ¿qué estoy tapando con comida?, ¿qué estoy evitando con sofá?, ¿qué necesito mover?, ¿qué necesito soltar?, ¿qué necesito revisar?, ¿qué parte de mi día me está enfermando?, ¿qué me vendría bien repetir, aunque sea poco, aunque sea pequeño, aunque no sea perfecto?

A lo mejor no necesitas apuntarte al gimnasio con una motivación épica y leggings nuevos. A lo mejor necesitas caminar veinte minutos.

A lo mejor necesitas cenar algo que no sea sobras de tus hijos de pie en la cocina.

A lo mejor necesitas hacerte una analítica.

A lo mejor necesitas dormir antes, levantar pesas, pedir ayuda, dejar de vivir a base de café, parar de saltarte comidas, beber agua, ir al fisio, revisar tus hormonas, tomar el sol diez minutos, respirar sin prisa, cocinar algo sencillo, volver a sentir que tu cuerpo no es un trasto que te lleva de un lado a otro, sino una parte de ti que también necesita cuidados. No cuidados perfectos. Cuidados posibles.

Porque aquí tampoco se trata de abrir otra vía de exigencia y empezar con la fantasía de la mujer equilibrada que medita, entrena, compra ecológico, duerme ocho horas, se suplementa con criterio, tiene la microbiota como un jardín japonés y encima llega puntual. No, bastante tenemos...

Se trata de dejar de vivir como si el cuerpo pudiera esperar eternamente, de no normalizar estar siempre agotadas. Se trata de no romantizar el abandono con frases bonitas. Se trata de recordar que el autocuidado no es solo ponerte una mascarilla o decirte «me acepto», también es hacerte cargo de tu salud con la información, el tiempo y los recursos que tengas.

Y sí, esto puede ser incómodo. Porque a veces preferimos los discursos que nos absuelven por completo o los que nos castigan sin matices, pero la vida casi siempre está en ese lugar intermedio donde una puede decir: «No me voy a odiar, pero tampoco me voy a dejar para luego». Ahí. Ahí hay algo.

No quiero odiar mi cuerpo, porque bastante daño nos ha hecho esa guerra; no quiero vivir midiéndome, castigándome, comparándome, esperando a ser otra para empezar a disfrutar, pero tampoco quiero llamarle aceptación a no poder más.

No quiero disfrazar de libertad lo que a veces es cansancio, descuido, desconexión o falta de tiempo para una misma. No quiero que el único discurso posible sea «ámate tal y como eres», porque quizá hoy no necesito amarme con fuegos artificiales, quizá hoy necesito ir a caminar, hacerme una revisión, comer algo que me nutra, acostarme antes, volver a moverme, escuchar el dolor de espalda, recuperar fuerza, dejar de prometerme que empiezo el lunes y empezar, sin épica, un jueves cualquiera.

Quizá cuidar el cuerpo sea eso. Ni un castigo, ni una religión, ni una operación bikini, ni una guerra, ni un manifiesto cursi. Sólo una conversación honesta. Una forma de decirle: «No voy a machacarte para que gustes, pero tampoco voy a ignorarte mientras me pides ayuda».

Porque el cuerpo no necesita que lo amemos todos los días con frases de taza, sólo (que no es poco), necesita que lo escuchemos, respetemos, movamos, alimentemos, lo dejemos descansar, lo llevemos al médico cuando toca, lo toquemos con menos desprecio, lo miremos sin pedirle perdón al espejo, lo saquemos a la playa, sí, pero también a caminar.

Que lo dejemos disfrutar, sí, pero también respirar. Que lo aceptemos, claro, pero que no lo abandonemos.

Y quizá, con el tiempo, después de cuidarlo sin castigarlo, después de dejar de insultarlo, después de empezar a habitarlo mejor, después de descubrir que no hacía falta odiarlo para querer cambiar cosas, ni querer cambiar cosas para odiarlo, quizá entonces aparezca algo parecido al amor. No un amor de pancarta. No un amor de «mis muslos son diosas». Un amor más tranquilo. Más adulto. Más de andar por casa.

Algo como: «Gracias por seguir aquí, vamos a cuidarnos un poco mejor».

Y eso, queridas, también es salud mental.

Sin báscula como juez, sin eslogan como anestesia, sin culpa, sin abandono.

Con Amor, Cris.

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