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Vínculos y relaciones

No es salseo, es trauma compartido

Cristina Acebedo Hernández·23/07/2025

Una reflexión sobre infidelidad, heridas, juicios y cómo sanamos.

Desde que publicamos el post sobre lo ocurrido en el concierto de Coldplay, no hemos parado de recibir mensajes. Algunos eran breves: "Me removió." "Me dolió verlo." "No sé por qué, pero lloré." Otros abrían en canal: "Me recordó cuando me pasó a mí." "Fue hace ocho años y sigo igual." "Lo perdoné, pero no me perdoné a mí por quedarme." "Yo también cantaba así, con toda el alma, y él estaba igual de lejos."

Este no es un post sobre "lo que pasó". De eso ya hablamos. Hoy quiero escribir sobre lo que pasa después. Después del engaño. Después del juicio ajeno. Después de que el mundo siga y tú te quedes en el suelo, preguntándote cómo se recoge una de lo que queda.

La infidelidad no sólo rompe un vínculo. Rompe una idea. La idea de que si yo lo doy todo, el otro también. La idea de que el amor es seguro. La idea de que soy o somos suficiente. Y cuando eso se rompe, muchas mujeres me escriben con la misma pregunta: "¿Cómo se supera esto si sigo sin entenderlo?" La mente busca lógica. El cuerpo, reparación. Y ninguna de las dos llega cuando lo que dolió fue no saber quién eras ya después de todo aquello.

Monica Lewinsky fue condenada durante años por una relación con poder y silencio. Hoy habla abiertamente de trauma y dignidad. Beyoncé gritó su dolor en Lemonade, y muchas mujeres le agradecieron haberle puesto música al desgarro. Kristen Stewart engañó a Robert Pattinson y el odio cayó sobre ella, más que sobre él, más que sobre nadie. ¿Por qué? Y Clara (nombre ficticio), una mujer de 50 años que me escribió: "cuando descubrí que me había sido infiel con una compañera de trabajo, pensé que iba a morirme. Lo curioso es que no lo dejé. Me dejé yo."

Pero también hay historias reales, las que vemos en sesión. Hoy os traigo una, he pedido permiso a la paciente para contarla y he cambiado detalles (nombre, ciudad, edad, escenarios) para que no se identifique, pero la historia, al fin y al cabo, es la suya.

Ella se llama Ana, es de Sevilla y tenía 38 años cuando ocurrió. Un día fue al teatro con unas amigas a ver una obra pequeña, de autor local, que hablaba de parejas, secretos y silencios. La protagonista femenina contaba una historia sobre cómo se enamoró de un hombre casado. Narraba los lugares donde se veían, las frases que él decía, cómo sonaba su voz cuando le decía que su mujer no lo entendía, que ya no había amor, que pronto la dejaría.

Ana empezó a tensarse en la butaca. Le sonaban las palabras. Los lugares. Incluso el acento del actor. Cuando terminó la función, salió en silencio, con un nudo en la garganta. Esa historia no era una ficción cualquiera. Era su historia. El autor de la obra era el amante que había tenido su exmarido durante casi dos años.

Dos semanas después, Ana fue a la librería y compró el texto publicado de la obra. Lo leyó. Lo subrayó. Lloró. Y lo llevó a su terapeuta. "Ahora lo sé todo", le dijo. "Y sin que él haya tenido el valor de decírmelo nunca." Curiosamente, ese fue el momento en que empezó a sanar. Porque a veces lo que duele no es solo la infidelidad, sino el silencio. Y a veces, conocer la historia completa, por más rara que sea la forma en que llega, te da algo que antes no tenías: cierre.

Cada una de estas historias, famosas o anónimas, nos recuerda que no es un "salseo". Es dolor real. Es trauma colectivo. Porque no es sólo tu historia. Cada vez que escuchamos a alguien decir "me fue infiel", "me dejó por otra", "no me eligió", sentimos una punzada conocida. Incluso si no nos ha pasado. Incluso si creemos que ya lo superamos. Porque ese miedo habita en muchas de nosotras. Hablo en femenino porque la gran mayoría de nuestras lectoras son mujeres, pero no porque no piense que no sucede en la dirección contraria. El mensaje es para todos, para hombres y mujeres, para personas heridas.

La infidelidad activa un dolor que no es únicamente individual. Es una herida que compartimos muchas mujeres a lo largo del tiempo, generaciones y culturas. Una herida que no se habló en voz alta. Que se sufrió en silencio. Que nuestras madres, tías, abuelas tal vez callaron. Que se justificó: "los hombres son así", "al menos no se fue", "haz como si no supieras". Una herida que muchas niñas crecieron viendo sin comprender, pero sintiendo que el amor podía doler y que no siempre se podía reclamar lo que dolía.

Cuando una historia de traición se hace pública, no es sólo un hecho ajeno. Es una señal que despierta memorias guardadas. Es un eco que dice: "eso también me pasó a mí", "yo también me quedé callada", "yo también me culpé", "yo también me creí menos por lo que me hicieron". Y por eso no es solo salseo. Es trauma colectivo. Porque no hay nada más colectivo que una emoción que tantas compartimos, incluso sin conocernos. Y porque muchas veces, al mirar con juicio lo que le ocurre a otra, estamos intentando no mirar lo que aún no hemos podido nombrar en nosotras.

¿Por qué dolió tanto lo que vimos en ese concierto? Porque nos vimos ahí, aunque no fuera nuestra historia. Porque tocó algo universal: el miedo a la traición, el pánico a no ser suficiente, el recuerdo de cuando también nos pasó. Porque, a veces, el juicio público es una forma más de no mirar nuestras propias heridas. A veces, juzgamos fuera lo que no hemos sanado dentro.

En España, casi una de cada tres personas ha sido infiel. El 64% considera que tener un chat subido de tono ya es infidelidad. La mayoría reconoce que podría perdonar una infidelidad, pero no sin cicatriz. A nivel mundial, se estima que entre el 20 y el 40% de las personas han sido infieles alguna vez. Y algo más: las mujeres, cada vez más, también lo son. Ya no es una "cosa de hombres". Pero hay algo que las estadísticas no cuentan: lo que pasa después. Las dudas. La vergüenza. La sensación de haber sido reemplazada. La pérdida del sentido de identidad. La idea de que nunca más vas a poder confiar. Ni siquiera en ti.

No hay una fórmula mágica. Pero sí hay relatos que sostienen. "Yo me fui. No porque me dejara de querer, sino porque yo me había dejado de mirar." "Me quedé, y reconstruimos. Pero me reconstruí primero a mí." "Lo perdoné, aunque nunca me lo pidió. Lo hice para poder vivir tranquila." "Me tatué una palabra que me recordara quién era antes de él: fuerza." "Volví a cantar. Aunque nadie me mirara como yo lo miré a él." Cada camino es único. Lo importante es que pueda ser tuyo. Que no sea dictado por la culpa, ni por el "qué dirán", ni por el miedo a estar sola.

Esa frase la he leído muchas veces esta semana: "¿y si no lo supero nunca?" Y quiero decirte algo con todo el corazón: no es que no lo superes. Es que tal vez lo estás intentando desde un lugar que no te cuida. No se supera cuando se niega. No se supera cuando se tapa. No se supera cuando se espera que el otro lo repare. Se transforma. La herida queda, sí. Pero puede dejar de doler. Puede dejar de hablar cada vez que alguien se retrasa, se desconecta o baja la mirada.

¿Cómo se empieza a sanar? Con preguntas que te devuelvan a ti: ¿qué dejé de escuchar de mí para seguir escuchando a la otra persona? ¿Qué me gustaría poder decirle, aunque ya no escuche? ¿Qué parte de mí necesito recuperar para volver a sentirme entera? Y, si puedes, con ayuda. Porque a veces no se sale sola.

Esto no va de culpas ni de bandos. Va de heridas abiertas. De duelos sin cerrar. De la oportunidad de que, aunque no eligieras que te rompieran, sí puedas elegir cómo te reconstruyes. Gracias por escribirnos. Gracias por compartir. Gracias por decir "yo también" cuando todo en ti gritaba que querías olvidarlo. Estamos aquí para eso. Para cuidarte mientras vuelves a ti.

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