Vulnerabilidad
Los psicólogos también nos rompemos
A veces se piensa que los psicólogos vivimos en una especie de lugar privilegiado. Como si por haber estudiado, por acompañar procesos, por conocer el mapa del dolor humano... estuviéramos a salvo.
Como si la teoría nos blindara. Y no.
Los psicólogos sabemos muchas cosas. Sabemos lo que es la ansiedad. Sabemos cómo funciona el miedo en el cuerpo. Sabemos que la mente anticipa escenarios para intentar protegernos. Sabemos que el pensamiento catastrófico es un mecanismo común. Sabemos que la incertidumbre es uno de los mayores desencadenantes del sufrimiento.
Lo sabemos. Pero eso no significa que no lo vivamos.
Porque una cosa es conocer el camino y otra muy distinta es caminarlo cuando el miedo te atraviesa.
Hace poco me encontraron unos bultos en un pecho y, de pronto, todo lo aprendido se quedó pequeño.
Me asusté de una manera primaria, de esa que no pasa por la cabeza, sino por el pecho. Lloraba sin control, no podía dormir por las noches, y mi mente hacía lo que tantas veces explicamos en consulta: imaginar el peor escenario posible.
Me veía enferma. Me veía perdiéndome. Me veía dejando a mis hijas solas.
Y lo más duro era eso.
No era solo el miedo al diagnóstico. Era el miedo a que ellas se quedaran huérfanas. A no poder cuidarlas. A no estar.
El martes tuve la mamografía y la ecografía. Me los tienen que quitar, sí, pero todo está bien. Y cuando me lo dijeron, respiré.
De esas respiraciones que no son solo aire, sino vida volviendo al cuerpo.
Ahora tengo un cierto miedo a la operación, claro, pero estoy tranquila. Estoy bien.
Y en medio de todo esto me ha venido un pensamiento que no puedo soltar.
Me he acordado de tantas pacientes a las que les he dado estrategias para manejar la ansiedad. Respiraciones, anclajes, pensamientos alternativos, técnicas para volver al presente.
Y yo, en esos días, no podía usar ninguna. Estaba aterrorizada.
Ahí estaba yo, psicóloga, con toda mi teoría, con todas mis palabras, con todos mis recursos... y profundamente humana.
Pero hay algo más que me ha dolido reconocer.
No se lo conté a nadie hasta tres días antes.
Ni mi marido lo sabía. Ni mi mejor amiga. Nadie.
Porque yo podía con todo.
Porque, en algún lugar dentro de mí, seguía viviendo esa idea absurda de «¿cómo voy a no poder con algo?». Como si ser fuerte fuera no necesitar a nadie. Como si pedir apoyo fuera un fallo.
La contradicción hecha persona, con todo lo que receto en terapia.
Y no es hipocresía, os lo juro que no. Era falta de valentía. Era miedo.
Miedo a preocupar. Miedo a ser vulnerable. Miedo a que el mundo me viera pequeña justo en el momento en que yo me sentía más frágil.
Y quizá esto es algo que deberíamos decir más.
La psicología no te convierte en alguien que no sufre. Te convierte, con suerte, en alguien que puede mirarse con más compasión mientras sufre.
A veces gestionamos mal la ansiedad. A veces no sabemos sostener la incertidumbre. A veces nos desbordamos.
Y no pasa nada. No es incoherencia. Es vida.
La teoría ayuda, sí, pero el miedo no se calma solo con conceptos.
El miedo se calma con presencia. Con apoyo. Con tiempo. Con manos. Con humanidad.
Y quizá cuidarse también sea esto: Aceptar que, incluso sabiendo, incluso acompañando a otros... también necesitamos ser sostenidos.
Y hoy, además de respirar, necesito dar gracias.
Gracias a Pablo, por ser el mejor compañero de vida que jamás haya podido imaginar. Por sostener sin preguntas, por estar, por hacer hogar incluso en los días en los que yo no sabía ni dónde ponerme.
Gracias a mis hijas, por abrazarme y decirme «¿todo bien, mami?», y luego salir corriendo y exigiendo como las niñas que son, entre risas y rozando una preadolescencia que, sorprendentemente, me está encantando. Por recordarme que la vida sigue, que lo importante está aquí, en lo pequeño.
Gracias a mis padres, que me notaban rara y miraban desde la barrera sin insistir. Con ese amor silencioso que no invade, pero que nunca se va.
Gracias a Sara, que es luz para mí incluso cuando elijo no contarle nada. Porque hay personas que iluminan aunque no sepan qué está pasando.
Gracias a Bárbara, que cuando se lo he contado me ha dicho: «ya me olía yo algo porque no dabas señales de vida». Y en esa frase había cuidado, intuición y un «te veo» que me llegó al alma.
Gracias a Claudia, que se ofreció a venir conmigo al hospi un día que se había levantado a las seis de la mañana. Ese tipo de gestos que no se olvidan, porque son amor en acción.
Y gracias, sobre todo, a mis pacientes.
Gracias por confiar en mí incluso cuando yo también soy humana.
Por permitirme acompañaros mientras aprendo, una y otra vez, que nadie está al margen del miedo.
Por recordarme que la terapia no va de ser perfectos, sino de ser honestos.
De mirarnos con compasión.
De seguir adelante, incluso temblando.
Porque al final, quizá esto sea lo más verdadero: esto es «Te cuidas con Canela», pero la verdad es, que nos cuidamos entre todos.
Con Amor, Cris.