CULTURA Y SOCIEDAD
La libertad de las mujeres: lo que heredamos, lo que defendemos y lo que todavía falta
Hay días en los que pienso en la libertad de las mujeres y me entra una especie de vértigo difícil de explicar, porque por un lado sé todo lo que hemos avanzado, todo lo que otras mujeres conquistaron antes que nosotras, todo lo que hoy hacemos sin pedir permiso y casi sin pensarlo, pero al mismo tiempo me cuesta no mirar alrededor y preguntarme hasta qué punto esa libertad es realmente sólida, hasta qué punto está garantizada y hasta qué punto seguimos viviendo sobre derechos que, aunque hoy parezcan evidentes, hace muy poco tiempo no lo eran.
Esta mañana he elegido qué ponerme, he salido de casa, he trabajado, he hablado con quien he querido, he podido expresar mi opinión, conducir, estudiar, ganar mi propio dinero, decidir con quién comparto mi vida y con quién no, y probablemente no he pensado en ninguna de esas cosas como un privilegio, porque no deberían serlo, deberían ser simplemente derechos, sin embargo basta con mirar un poco más lejos para recordar que para millones de mujeres todavía no lo son.
Y ahí es donde algo dentro de mí se encoge. Me cuesta asumir que mientras unas discutimos sobre conciliación, techo de cristal, corresponsabilidad o carga mental, cuestiones que por supuesto importan y que también hablan de desigualdad, haya niñas en Afganistán que no pueden entrar en un instituto, jóvenes que saben que estudiar una carrera no forma parte del futuro que se les permite imaginar, mujeres que han ido desapareciendo poco a poco del espacio público, de las universidades, de determinados trabajos, de los parques, de lugares que antes formaban parte de su vida cotidiana.
Lo que más me remueve de Afganistán no es solo la prohibición de estudiar, aunque ya sólo eso me parece devastador, es pensar en todo lo que viene después, porque cuando le quitas a una niña la educación no le estás quitando únicamente unas clases, le estás quitando independencia futura, posibilidades económicas, capacidad para elegir, herramientas para salir de una relación dañina, oportunidades para entender sus derechos, para construir una identidad propia y para imaginar una vida distinta de aquella que otros han decidido para ella.
Y entonces pienso en lo fácil que es hablar de libertad cuando la tienes. Lo pienso tanto y de tal manera que duele. Quizá por eso me impacta tanto pensar que una niña pueda despertarse con ganas de aprender y que alguien haya decidido que su sexo es motivo suficiente para impedirle hacerlo. Me parece una de las formas más crueles de control porque no solo limita lo que una persona hace, también limita lo que puede llegar a imaginar de sí misma.
Con Irán me ocurre algo parecido, aunque la realidad sea diferente. Veo las imágenes de aquellas mujeres cortándose el pelo después de la muerte de Mahsa Amini y todavía me producen una mezcla extraña de admiración, miedo y tristeza, porque detrás de aquel gesto había algo mucho más grande que una cuestión estética o religiosa: había mujeres diciendo que su cuerpo les pertenecía, que querían decidir cómo vestir, cómo vivir y cuánto poder estaba legitimado a ejercer el Estado sobre ellas.
Y esa pregunta me parece universal: ¿quién decide sobre una mujer? ¿Quién decide qué puede ponerse, hasta dónde puede llegar, qué puede estudiar, cuándo puede salir, con quién puede relacionarse, qué debe soportar, qué se espera de ella, cuánto puede ocupar, cuánto puede hablar, cuánto puede molestar? Y la pregunta que más me remueve: ¿cuánto puede aguantar una mujer viviendo esto sin romperse?
A veces creemos que estas preguntas únicamente pertenecen a países lejanos y a contextos extremos, pero en realidad no estoy tan segura. No quiero comparar realidades que no son comparables, porque sería profundamente injusto equiparar la situación de una mujer en España con la de una mujer afgana o iraní, sin embargo sí creo que existe un hilo común que atraviesa todas esas experiencias y que tiene que ver con algo muy básico: el derecho de una mujer a ser dueña de su propia vida.
Aquí no nos prohíben estudiar, pero todavía hay niñas educadas para agradar antes que para decidir; no nos impiden trabajar, pero muchas mujeres siguen cargando casi de manera automática con la mayor parte de los cuidados; no necesitamos permiso legal para divorciarnos, pero todavía hay mujeres que no se van porque no tienen independencia económica; no existe una ley que nos obligue a ser madres, pero seguimos sintiendo la presión de tener que explicar por qué alguien no quiere serlo.
Son realidades muy distintas, sí, pero todas me llevan a la misma reflexión: la libertad no consiste únicamente en que nadie te prohíba algo de forma expresa, también tiene que ver con poder elegir sin miedo, sin culpa, sin dependencia y sin sentir que al hacerlo estás incumpliendo aquello que se esperaba de ti.
Y quizá por eso me enfada cuando alguien habla de los derechos de las mujeres como si fueran una batalla antigua, ya superada, como si el feminismo hubiese cumplido su función y ahora ya solo quedara disfrutar de lo conseguido. No, la historia no funciona así. Los derechos no son una herencia que recibimos y queda guardada para siempre, necesitan protegerse, defenderse, enseñarse y recordarse, porque también pueden retroceder.
Eso es quizá lo que más deberíamos aprender de Afganistán: que una sociedad puede avanzar durante años y después perder derechos en muy poco tiempo, que cosas que parecían consolidadas pueden dejar de estarlo y que ninguna generación debería asumir que lo que ha recibido llegará intacto a la siguiente.
Cuando pienso en las mujeres que vinieron antes que nosotras también me emociona imaginar todo lo que tuvieron que pelear para que hoy podamos hacer cosas tan pequeñas y tan enormes como abrir una cuenta bancaria a nuestro nombre, estudiar una carrera, votar, divorciarnos, tener propiedades, trabajar sin autorización de un marido, elegir en qué hotel quedarnos si viajamos o decidir sobre nuestro futuro.
Muchas de ellas probablemente no llegaron a disfrutar plenamente de aquello que estaban defendiendo. Lo hicieron para las que veníamos detrás, y esto me hace llorar. Esa idea me conmueve especialmente porque convierte nuestros derechos en algo que no nos pertenece solo a nosotras: somos parte de una cadena de mujeres que fueron abriendo puertas y también somos responsables de que esas puertas no vuelvan a cerrarse.
Por eso quiero que mis hijas crezcan sabiendo que su libertad no es negociable, que pueden decir que no, cambiar de opinión, elegir una vida distinta de la que otros imaginan para ellas, amar a quien quieran, marcharse de donde no las quieran bien, ambicionar cosas enormes o preferir una vida sencilla, ser madres o no serlo, cuidar sin desaparecer, querer sin obedecer y construir su identidad sin pedir disculpas.
Pero también quiero que sepan que hubo niñas que no pudieron hacer nada de eso. Y que ahora mismo sigue habiéndolas. No para que vivan con culpa, sino para que entiendan el valor de aquello que tienen. Para que nunca acepten como normal que otra mujer tenga menos derechos simplemente por haber nacido en otro lugar. Porque, al final, creo que la libertad de las mujeres se resume en algo muy sencillo y, a la vez, inmenso: poder imaginar tu propia vida y tener derecho a intentar construirla.
Eso es lo que quiero para mis hijas, para las mujeres que quiero, para las que conozco y para las que nunca conoceré.
Y quizá por eso este tema me remueve tanto, porque cuanto más pienso en nuestros derechos, más claro tengo que no basta con disfrutarlos, también hay que nombrarlos, cuidarlos y defenderlos. Porque hubo mujeres que lo hicieron antes por nosotras. Y porque todavía hay muchas que siguen haciéndolo ahora.
Con Amor, Cris.