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Límites

La hoguera que no hice

Cristina Acebedo Hernández·26 junio 2026

Este año tampoco hice hoguera de San Juan.

Lo digo así, sin épica, sin foto bonita de llamas subiendo al cielo, sin vestido blanco, sin playa, sin deseo escrito en un papelito y arrojado al fuego a medianoche. En Salamanca, ya se sabe, el 24 de junio no es festivo, una trabaja, las niñas finiquitan el cole, hay horarios, mochilas que vuelven llenas de cosas imposibles, carpetas con dibujos, botellas de agua abandonadas, restos de curso pegados a la vida como purpurina. La noche de San Juan, aquí, no siempre permite ponerse mística. A veces una está más cerca de recoger uniformes, pensar en cenas y responder mensajes que de bailar alrededor del fuego.

Pero eso no quiere decir que no haya hecho mi hoguera.

La hice en mi cabeza, en mis líneas y en mi cuore, que al final son lugares bastante serios para prender una cerilla. A veces el fuego de verdad no hace falta. A veces basta con sentarse un rato, mirar lo que pesa, lo que sobra, lo que vuelve cada año a pedir sitio en la casa aunque ya no tenga habitación, y decidir que hasta aquí.

Yo he hecho mi hoguera por dentro.

Y he quemado cosas.

He quemado la pereza con el deporte. No esa pereza simpática de domingo por la tarde, manta y serie, que incluso puede ser una forma de autocuidado. Hablo de la otra, de la que se disfraza de cansancio eterno, de "ya mañana", de "no tengo tiempo", de "total, para qué". Esa pereza que no descansa, sino que apaga. La que te deja un poco más lejos de ti cada día. He quemado esa voz que me decía que no me moviera, que mejor me quedara quieta, que no hacía falta volver al cuerpo. Y, mira, sí hacía falta. Hacía falta sudar, notar las piernas, ocupar espacio, dejar de vivir solo desde la cabeza. Hacía falta recordar que el cuerpo también opina, también guarda, también suelta.

He quemado también los amigos que ni chus ni mus. Qué expresión tan buena para algo tan difícil de explicar. Ni chus ni mus. Ni te cuidan ni te dañan del todo, ni están ni se van, ni suman ni terminan de restar, pero ocupan una energía rara, como esos objetos que no tiras porque no están rotos, aunque nunca los uses y cada vez que los ves te molestan un poco. He quemado esa obligación antigua de sostener vínculos por inercia, por educación, por historia, por miedo a parecer mala, desagradecida, intensa o poco disponible. He quemado el esfuerzo de aparecer donde no se me espera con alegría, de responder donde no hay verdadero encuentro, de mantener conversaciones que no llegan a ningún lugar del alma.

No todo vínculo tiene que acabar con una pelea. A veces basta con admitir que ya no hay vida ahí.

He quemado planes en los que no quería estar. Esto parece pequeño, pero no lo es. Durante años una puede entrenarse en estar donde no quiere, sonreír cuando quiere irse, decir "me apetece" cuando en realidad quiere decir "me da una pereza que me muero", o peor todavía, "esto me violenta, pero no sé cómo salirme". Hay planes que no son planes, son pequeñas traiciones. No siempre hacia los demás, muchas veces hacia una misma. Y este año he querido quemar esa forma tan fina y socialmente aceptada de abandonarme.

He quemado a quien me consume y me exige. A quien llega con hambre, pero nunca con cuidado. A quien pide presencia, comprensión, escucha, solución, disponibilidad, calor, pero no pregunta cómo estoy. A quien confunde cariño con acceso ilimitado. A quien llama vínculo a la extracción constante de energía. Hay personas que no te abrazan, te enchufan una pajita invisible y beben de ti hasta dejarte seca. Y una tarda en verlo porque muchas veces esas personas no parecen monstruos. A veces parecen necesitadas, frágiles, incomprendidas, encantadoras incluso. Pero el cuerpo lo sabe. El cuerpo siempre acaba diciendo: aquí no, esto me deja sin aire.

Y he quemado, por segundo año consecutivo, porque el año pasado por lo visto no surtió efecto, a una profesora.

Esto lo escribo y me da entre risa y vergüenza, pero también verdad. La he vuelto a echar a la hoguera. A esa profesora que el año pasado trató muy mal a Carlota y la hizo sufrir mucho. Y sé que esto quizá no suene muy elevado espiritualmente. Sé que queda mejor decir que una perdona, que comprende, que cada cual tiene sus circunstancias, que el rencor pesa más a quien lo carga que a quien lo provoca. Todo eso lo sé. Me lo sé de memoria. Incluso lo podría explicar con mucha solvencia profesional, con referencias al trauma, al apego, a la reparación, al adulto que no sabe mirar al niño.

Pero luego está una madre. Y una madre no siempre está para la teoría. Una madre, cuando ve sufrir a su hija, cuando ve que alguien que tenía que cuidarla la humilla, la empequeñece o la hace sentirse mal, se queda con una brasa dentro. Una brasa fea, incómoda, poco elegante. Una brasa que no combina con los textos sobre autocuidado ni con la serenidad que una intenta predicar. Y ahí ha estado. Durante este año he seguido sintiendo odio. Lo digo con todas las letras, aunque no me guste verme ahí. Odio hacia una mujer que probablemente sea, en el fondo, una pobre diabla. Y quizá precisamente por eso quiero dejarlo atrás. No porque lo que hizo esté bien. No porque no importe. No porque mi hija no mereciera otra cosa. Sino porque no quiero que esa mujer siga viviendo gratis dentro de mí.

Hay personas que ya hicieron suficiente daño cuando estuvieron. No hace falta concederles además una habitación permanente en nuestra cabeza. Así que este año la he quemado otra vez. A ver si ahora sí. A ver si esta vez el fuego agarra bien. A ver si consigo no pronunciarla más con rabia, no recordarla con el estómago encogido, no darle poder cada vez que vuelve su imagen. Quemarla no es absolverla. Quemarla no es decir "no pasó nada". Quemarla es decir: pasó, dolió, lo vi, lo nombré, protegí, aprendí, y ahora te vas. Porque mi amor por mi hija no necesita estar atado eternamente al odio por quien la dañó.

También he quemado la vergüenza. O, al menos, algunas capas. Cada vez tengo menos, gracias a Dios, a los años, a la terapia, a la maternidad, al cansancio y a esa lucidez que llega cuando una empieza a entender que nadie está mirando tanto. Durante mucho tiempo viví con miedo a molestar, a hacer el ridículo, a ser demasiado, a no ser suficiente, a equivocarme, a decir algo inadecuado, a escribir algo íntimo, a mostrar deseo, enfado, ilusión, contradicción. Como si hubiera una especie de tribunal invisible evaluándolo todo. Qué agotamiento. Qué manera tan absurda de vivir pidiendo permiso.

He quemado partes de mí que vivían con miedo. No todas, porque algunas son resistentes y llevan años haciendo campamento dentro. Pero sí algunas. La que tenía miedo a decir que no. La que tenía miedo a que se enfadaran. La que confundía paz con complacencia. La que creía que ser buena era estar siempre disponible, siempre suave, siempre comprensiva. La que pensaba que si alguien se decepcionaba de mí, entonces yo había hecho algo mal.

No. A veces decepcionar es crecer. A veces incomodar es ocupar tu sitio. A veces decir "esto no" es la forma más honesta de cuidar el vínculo, aunque el otro no lo entienda. A veces irse de un plan, de una conversación, de una exigencia o de una versión antigua de una misma es profundamente saludable.

La hoguera de San Juan tiene algo precioso porque nos permite hacer visible un gesto muy humano: necesitamos rituales para soltar. No basta con pensarlo. A veces necesitamos escribirlo, quemarlo, enterrarlo, decirlo en voz alta, caminar hasta un lugar, lavarnos la cara, ordenar un armario, cerrar una puerta. El alma entiende mejor las cosas cuando el cuerpo participa. Por eso quemar, aunque sea simbólicamente, puede ser tan poderoso. Porque el fuego no razona. El fuego transforma. No negocia con el papel, no le pide explicaciones, no le pregunta si está seguro. Lo toca y lo cambia de estado.

Quizá por eso fantaseamos tanto con quemar lo que nos duele. Porque hay dolores que no se van solo con entenderlos. Hay dolores que necesitan una ceremonia. Pequeña, doméstica, íntima. Una hoguera mental un miércoles por la noche, mientras una dobla ropa o escribe en una libreta. Una lista en el móvil. Una frase dicha en voz baja. Una decisión que nadie ve, pero que por dentro hace ruido de puerta cerrándose.

Yo no estuve en ninguna playa. No salté ninguna hoguera. No pedí deseos con los pies en la arena. No me hice fotos bajo la luna. Pero algo he quemado.

Y también, aunque a veces se nos olvide, quemar deja sitio. No se quema solo para destruir. Se quema para despejar. Para que entre aire. Para que lo nuevo no tenga que instalarse encima de lo viejo, haciendo equilibrios entre cajas llenas de resentimiento, cansancio, miedo y obligaciones caducadas. Se quema para hacer hueco a una vida más nuestra. Menos obediente. Menos saturada. Más clara.

En el sitio donde estaba la pereza, quiero poner movimiento; donde estaban los vínculos tibios, quiero poner presencia de verdad; donde estaban los planes por compromiso, quiero poner deseo, descanso o silencio; donde estaban las personas que consumen, quiero poner límites; donde estaba esa profesora ocupando demasiado espacio, quiero poner a Carlota feliz, creciendo, recuperando confianza, sabiendo que lo que otros no supieron darle no define lo que ella merece; donde estaba la vergüenza, quiero poner juego; donde estaba el miedo, quiero poner vida.

Y no, no creo que una hoguera lo cure todo. Ojalá. Sería comodísimo. Una lista, una llama, tres vueltas alrededor del fuego y nueva vida. Pero no funciona así. Algunas cosas hay que quemarlas muchas veces. Algunas vuelven. Algunas se esconden bajo otro nombre. Algunas hacen como que ya se han ido y aparecen meses después, sentadas tan tranquilas en el sofá de tu casa interior.

Por eso quizá la hoguera no sea un acto único, sino una práctica. Una forma de preguntarnos, cada cierto tiempo, qué seguimos cargando sin necesidad. Qué nos sigue dando vergüenza sin motivo. Qué odio ya cumplió su función de protegernos y ahora solo nos endurece. Qué personas ya no caben. Qué planes aceptamos por miedo. Qué versión de nosotras mismas está pidiendo fuego, no porque fuera mala, sino porque ya hizo su trabajo.

Este año mi hoguera fue invisible, pero no menos real. No tuvo humo, pero sí alivio; ni tuvo llamas, pero sí decisión; ni tuvo testigos, pero sí verdad.

Y quizá eso baste. Quizá las hogueras más importantes sean precisamente las que nadie ve, esas que se hacen por dentro cuando una, de pronto, deja de discutir con lo evidente y acepta que hay cosas que ya no quiere seguir llevando.

Así que, aunque el 24 me pillara trabajando, con el fin de curso encima y la vida haciendo vida, yo también tuve mi noche de San Juan. Quemé lo que pude. Lo que no pude, lo dejé señalado para la próxima.

Y me quedé mirando las brasas, imaginarias pero mías, con esa mezcla rara de cansancio y esperanza que aparece cuando una empieza a soltarse.

"Esto ya no viene conmigo."

Con Amor, Cris.

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