Espiritualidad
La fe, incluso cuando no está
Hay algo en la fe que siempre me ha generado una mezcla de curiosidad y distancia.
No soy una persona con una fe inmensa. Tampoco me siento cómoda diciendo que no creo en nada. Mi relación con la fe es más bien intermitente, como esas mareas que vienen y se van sin avisar. A veces aparece, suave, casi silenciosa. Otras veces desaparece durante meses sin que apenas la eche de menos.
Y, sin embargo, hay algo en mí que la busca.
Quizá… porque he visto lo que hace en otras personas. Eso lo quiero yo para mí, pero no me llega.
He visto cómo sostiene en momentos muy difíciles, cómo ordena el caos cuando la vida se rompe, cómo da sentido a lo que parece no tenerlo. He visto a personas agarrarse a la fe como quien se agarra a una barandilla en mitad de una tormenta. Y me he preguntado muchas veces cómo sería vivir así, con esa certeza, con ese descanso, con esa especie de “suelo” interno que no depende tanto de lo que ocurre fuera.
Me encantaría tener más fe, las cosas como son, pero es algo que no se puede forzar.
La fe, cuando es auténtica, no se construye (aunque creo que sí se trabaja) desde la obligación ni desde el deber. No aparece porque “debería estar”. No se instala como una rutina más. Es algo que, cuando llega, lo hace desde un lugar muy íntimo, casi inexplicable. Y también se va sin pedir permiso.
Y creo que es importante poder decir esto sin culpa: no tener fe (o no tenerla siempre) no es un fallo.
Porque la fe también puede tener su lado complicado.
A veces se convierte en exigencia, en rigidez, en una forma de no mirar lo que duele. Puede ser un refugio, sí, pero también, en algunos casos, una manera de evitar preguntas incómodas o de sostener certezas que no se revisan. He visto fe que calma, pero también fe que aprieta. Fe que acompaña… y fe que juzga. Supongo que, como todo, depende de cómo se viva.
Esta Semana Santa me voy a Zamora. Y… lo digo con una mezcla de honestidad y contradicción: la Semana Santa de Zamora no me entusiasma especialmente. Hay demasiada gente, los “papones” (así se llaman en mi casa a los cofrades porque yo me crié en León) me dan miedo y ese silencio con la música fortísima con marchas de Semana Santa me encogen el corazón. No es el plan que elegiría si me preguntas en otro momento. Mi Semana Santa “de siempre” es otra. Es la playa. Es el sol en la cara, el ritmo lento, los cuatro juntos sin prisas, con esa sensación de descanso que parece que lo ordena todo.
Pero este año es diferente. Este año las cosas están así. Y, sin embargo, hay algo bonito en lo que sí está.
Voy a ver a mis padres. Y eso, conforme pasan los años, deja de ser algo “normal” para convertirse en algo valioso de verdad. En algo que una no quiere dar por hecho.
Voy a ver a amigos en general, a mi mejor amiga del instituto en particular, a poner bonito un pisito allí. Y solo pensarlo ya me despierta una alegría tranquila, de esas que vienen cargadas de historia, de recuerdos compartidos, de versiones antiguas de nosotras mismas que siguen ahí, aunque haya pasado la vida por encima.
Y ahí aparece algo curioso. Quizá la fe no siempre tiene que ver con lo religioso.
Quizá también tiene que ver con confiar en esos pequeños hilos que sostienen la vida: los vínculos, los encuentros, los momentos que no eran el plan inicial pero que, aun así, pueden ser buenos.
Puede que la fe, en su versión más cotidiana, sea aceptar lo que hay sin pelearse demasiado con ello.
Zamora tendrá sus procesiones, su silencio, su belleza que conmueve a tantos. Y a mí puede que no me conmueva. Y no pasa nada, eso también está bien.
Porque también estoy aprendiendo que no todo lo valioso tiene que emocionarme de la misma manera. Que puedo estar, observar, respetar… y al mismo tiempo conectar con otras cosas que sí me tocan: una conversación larga, una comida en familia, una risa con alguien que me conoce desde hace años. Y… ¿quién sabe? A lo mejor ahora descubro que sí que me gusta la Semana Santa Zamorana, pero no le había dado la oportunidad que merecía. Yo… voy con todo.
Quizá la fe, al final, no es solo creer en algo grande y trascendente.
Puede ser algo más pequeño, más humano, más cercano… Es confiar en que, incluso cuando los planes cambian, incluso cuando no estamos donde “deberíamos”, la vida sigue ofreciendo algo. No siempre lo que queremos, pero sí algo con lo que podemos hacer algo bueno.
Este año no hay playa, no hay lo de siempre. Pero hay otras cosas.
Y, de alguna manera, elegir verlas… también es una forma de fe. Y tú… ¿en qué crees?
Con Amor, Cris.