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Trauma

Intensa, exagerada, demasiado sensible... ¿y si no fuera eso?

Rosario Segovia Brome·27 mayo 2026

Quizá te has dicho alguna vez que eres intensa. Que te lo tomas todo demasiado a pecho. Que eres muy sensible, muy reactiva, muy exagerada. Quizá te lo han dicho otros y con el tiempo lo has ido haciendo tuyo, convirtiéndolo en una explicación, en una forma de entenderte.

Y desde ahí, cuando algo te desborda, la conclusión es siempre la misma: el problema soy yo. Así soy yo. Soy así de intensa, así de complicada, así de difícil.

Pero ¿y si no fuera eso?

¿Y si lo que ocurre cuando te desbordas no dijera nada de quién eres, sino de lo que aprendiste a hacer para sobrevivir en un momento en que no había otra opción?

Porque hay algo que la mayoría de nosotras no sabemos, o no sabemos del todo, y es que cuando una reacción se siente desproporcionada, cuando el cuerpo responde de una manera que la cabeza no entiende, casi nunca se trata del momento presente. Se trata de otro momento. Uno mucho más antiguo.

El Dr. Gabor Maté lo explica así: cuando el trauma se activa, no actúas según tu edad, actúas según la edad en que se creó esa herida.

Un tono de voz. Una mirada. Alguien que no contesta, alguien que se va, alguien que levanta la voz. Cosas que a otra persona no le dicen nada y que a ti te llevan de golpe a un lugar que creías haber dejado atrás. El corazón que se dispara. El nudo en el estómago. Las ganas de desaparecer, o de pelear, o de hacerte pequeña. Y luego la vergüenza de haber reaccionado así. Y la historia de siempre: es que soy demasiado intensa.

Pero no eres demasiado intensa. Es que tu sistema nervioso está haciendo exactamente lo que aprendió a hacer.

Tu cerebro no guarda los recuerdos como eventos ordenados en el tiempo, archivados con una etiqueta que dice "esto ya pasó". Los almacena como patrones: sensaciones, emociones, respuestas físicas. Redes de peligro y de seguridad. Y cuando algo en el presente se parece, aunque sea remotamente, a aquello que en su momento fue abrumador, el cuerpo reacciona como si estuviera pasando ahora mismo. Antes de que la mente consciente siquiera se dé cuenta. Antes de que puedas elegir.

Por eso no puedes simplemente calmarte. Por eso no sirve de nada que te repitas que es una tontería, que ya eres mayor, que deberías poder con esto. Porque no estás reaccionando desde quien eres hoy, estás reaccionando desde quien eras cuando aquello ocurrió por primera vez.

No estás reaccionando de forma exagerada. Estás viajando en el tiempo.

Esto tiene nombre: neurocepción. Es el proceso continuo, casi siempre inconsciente, por el que tu sistema nervioso escanea el entorno buscando señales de peligro o de seguridad. Y cuando detecta algo que se parece a una experiencia pasada que fue difícil o abrumadora, activa la alarma. No porque estés loca. No porque seas exagerada. Sino porque en algún momento aprendiste que esa señal significaba que había que protegerse. Y el cuerpo no lo olvidó.

Lo más importante que quiero que te lleves de aquí es esto: esa reacción que tanto te avergüenza, esa intensidad que sientes que te delata, esa respuesta que parece sacada de otro sitio, tiene una lógica. Tiene una historia. Y no dice que estés rota. Dice que en algún momento tuviste que sobrevivir a algo, y lo hiciste.

Saber esto no lo resuelve de golpe. Pero sí puede cambiar algo muy importante: la relación que tienes contigo misma cuando ocurre. En lugar de añadir vergüenza a lo que ya duele, en lugar de confirmar una vez más que el problema eres tú, quizá puedas empezar a preguntarte con curiosidad: ¿qué parte de mí se activó ahora? ¿A qué me está llevando esta reacción? ¿Qué necesitaba entonces la niña que fui?

Y luego, si puedes, recordarle a tu cuerpo que el presente es diferente. Que ya no estás ahí. Que ahora hay más recursos, más opciones, más tú. No siempre es fácil. A veces hay que hacerlo muchas veces antes de que el cuerpo lo crea de verdad. Pero se puede. Estos patrones pueden cambiar, con el acompañamiento adecuado, con tiempo, con paciencia contigo misma.

No necesitas arreglarte. No estás rota. No eres exagerada.

Eres alguien que aprendió a sobrevivir. Y que ahora, quizá, está lista para aprender algo distinto.

Quizá alguien más esté sintiendo algo parecido mientras lee esto.

Si estás ahí, quiero que sepas que no estás sola. Nos pasa. Es humano. Y tiene solución.

Si sientes que este patrón está presente en tu vida y quieres explorar qué hay detrás, estamos aquí para acompañarte.

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