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Sociedad y convivencia

Estoy harta

Cristina Acebedo Hernández·10/07/2026

Estoy harta. Pero harta, harta.

Harta del ruido. Del enfrentamiento permanente. De la política convertida en un combate de barro. De los discursos que ya no buscan pensar, sino ganar. De las frases preparadas para humillar al otro. De los aplausos automáticos, de los silencios interesados, de esa sensación de que nadie escucha a nadie, de que todo está dicho antes de empezar, de que cada conversación viene ya con su trinchera preparada.

Estoy harta de encender la televisión, abrir un periódico, entrar en una red social o escuchar una tertulia y sentir que me están empujando a elegir un bando antes incluso de entender el problema. Estoy harta de que todo sea urgente, gravísimo, intolerable, histórico, una traición, una vergüenza. Y, sin embargo, casi nada parezca estar pensado con calma.

No escribo esto desde la superioridad moral de quien cree tener todas las respuestas. No las tengo. Ojalá. Lo escribo desde un cansancio muy humano, muy doméstico, muy de sobremesa interrumpida. Desde esa sensación de mirar alrededor y pensar: ¿de verdad esto es lo mejor que podemos hacer?

Porque hay algo profundamente agotador en vivir en una época donde todo el mundo parece hablar en mayúsculas.

No me refiero solo a los políticos. O no solo a ellos. Me refiero al clima. A esa atmósfera espesa que se nos cuela por debajo de la puerta. A esa manera de discutir en la que ya no importa tanto lo que se dice como desde dónde se dice. Si dices esto, eres de estos. Si dudas de aquello, eres de aquellos. Si matizas, sospechoso. Si preguntas, tibio. Si callas, cómplice. Si piensas distinto, enemigo.

¡Qué pobreza! Qué pobreza intelectual, emocional y democrática.

Porque la política, en su sentido más noble, debería ser otra cosa. Debería ser el arte difícil de convivir. De ordenar los desacuerdos. De decidir cómo cuidamos lo común. De pensar qué hacemos con la educación, la sanidad, la justicia, la vivienda, la infancia, la vejez, la soledad, el trabajo, el dolor, la desigualdad, la seguridad y la libertad.

La política debería tener que ver con la vida. Con las vidas concretas.

Con la madre que no llega a final de mes. Con el padre que cuida a su hijo dependiente. Con la adolescente que no encuentra un lugar seguro donde crecer. Con el médico desbordado. Con la profesora que sostiene un aula llena de necesidades invisibles. Con el autónomo que vive entre facturas y miedo. Con la anciana que espera una llamada. Con el joven que se pregunta si algún día podrá tener una casa.

La política debería hablar de eso. Pero demasiadas veces parece hablar solo de sí misma: de sus estrategias, sus golpes, sus pactos, sus venganzas, sus cálculos, su relato, su imagen, su enemigo, su encuesta, su titular.

Y mientras tanto, la vida sigue. La vida sigue con sus problemas reales, que no caben en un eslogan. La vida sigue con su complejidad, que no entiende de consignas. La vida sigue con personas que no son caricaturas. Personas que votan una cosa y aman a alguien que vota otra. Personas que tienen contradicciones, que han cambiado de opinión, que no saben, que dudan, que están cansadas, que quieren vivir en paz sin que cada conversación se convierta en una prueba de pureza ideológica.

Quizá una de las cosas que más echo de menos es la elegancia. Y, no hablo de una elegancia estética, de traje bien cortado o palabras solemnes (que mira... la verdad es que también). Hablo de una elegancia moral. De esa forma de estar en el mundo que permite discrepar sin destruir. De la capacidad de decir: “No pienso como tú, pero no necesito ridiculizarte para defender mi postura”. Hablo de la contención, de la templanza, de la pausa antes del golpe, de la inteligencia de quien no necesita gritar para tener razón.

Echo de menos políticos elegantes. Personas capaces de hablar sin insultar, de debatir sin convertir al adversario en basura, de reconocer algo bueno en el otro, de rectificar sin sentir que se humillan, de decir “no lo sé” sin que parezca una derrota, de pedir perdón sin rodeos. Personas que entiendan que una democracia no se cuida solo ganando elecciones, sino cuidando las formas cada día.

Porque las formas importan. Importan muchísimo.

Nos han repetido tantas veces que lo importante es el fondo que hemos acabado despreciando las formas, como si fueran un adorno, una debilidad, una cosa antigua. Pero las formas son el primer límite frente a la violencia. Son el borde que impide que el desacuerdo se convierta en desprecio. Son una manera de decir: “Tú y yo no pensamos igual, pero seguimos perteneciendo al mismo mundo”.

Cuando se rompen las formas, no solo se rompe la estética del debate. Se rompe algo más hondo. Se rompe la confianza, la posibilidad de encontrarnos, la idea de que el otro puede tener una parte de razón. Se rompe la convivencia.

Y entonces todo se vuelve más fácil y más peligroso.

Porque odiar simplifica mucho. Odiar ordena el mundo. Lo divide en buenos y malos, míos y tuyos, decentes e indecentes, patriotas y traidores, progresistas y fachas, rojos y reaccionarios, libres y vendidos, despiertos y borregos. Cada grupo con sus etiquetas, sus santos, sus demonios, sus frases hechas.

Pero la vida real no funciona así. La vida real es incómoda. La vida real mezcla. La vida real te sienta a la mesa con personas que no piensan como tú y aun así te quieren bien. La vida real te obliga a escuchar historias que desmontan tus certezas. La vida real te enseña que hay gente buena en lugares ideológicos distintos al tuyo y gente mezquina defendiendo causas que tú consideras justas. Eso también hay que poder decirlo. Que una causa sea buena no convierte automáticamente en buena a toda persona que la defiende. Y que alguien piense distinto no lo convierte automáticamente en una mala persona.

¡Qué obvio parece! ¡Qué revolucionario se ha vuelto! Hay una infantilización preocupante en este tiempo. Una incapacidad creciente para tolerar la frustración de que el otro exista como otro. Como alguien distinto. Como alguien que no confirma mi visión del mundo. Como alguien que no se deja reducir a mi esquema. Y esto... no es solo un problema político. También es psicológico.

Cuando una sociedad pierde capacidad de matiz, pierde salud mental colectiva. Cuando todo se vive como ataque, amenaza o humillación, el sistema nervioso social está en alerta permanente. Nos volvemos reactivos, suspicaces, hipervigilantes, cansados. Y desde ahí es muy difícil pensar.

Porque para pensar hace falta un mínimo de calma. Hace falta poder soportar la incomodidad. Escuchar una frase que no nos gusta sin lanzarnos inmediatamente a contestar. Diferenciar entre una idea y una persona. Distinguir entre daño y desacuerdo. Preguntarse: “¿Y si no lo estoy viendo todo? ¿Y si mi bando también se equivoca? ¿Y si hay algo de verdad en lo que dice el otro?”.

Pero las redes sociales han entrenado justo lo contrario. Nos han entrenado para reaccionar, indignarnos rápido, compartir antes de leer, premiar la frase más afilada y no la más honesta, confundir visibilidad con verdad, creer que un zasca es un argumento, convertir el dolor en contenido y la rabia en identidad.

Y no es casualidad que estemos cansados. Lo sentimos cuando evitamos hablar de ciertos temas en familia para no estropear la comida. Cuando alguien empieza una frase con “es que los de...” y ya sabemos que viene una caricatura. Cuando nos descubrimos juzgando a una persona entera por una opinión aislada. Cuando preferimos callarnos, no por prudencia, sino por agotamiento. Cuando la política deja de ser una conversación sobre lo común y se convierte en una amenaza para los vínculos.

Y eso me parece gravísimo. Porque una sociedad no se rompe de golpe. Se va desgastando. Se va llenando de pequeñas renuncias. Dejamos de hablar, de escuchar, de confiar, de pensar que el otro puede actuar de buena fe. Dejamos de invitar, de preguntar, de acercarnos. Y un día descubrimos que convivimos, sí, pero separados por muros invisibles.

No quiero eso.

No quiero una sociedad donde la gente tenga miedo a pensar en voz alta. No quiero una política donde la inteligencia parezca sospechosa y la moderación parezca cobardía. No quiero que el sentido común sea ridiculizado por no ser suficientemente épico. No quiero que todo tenga que ser una batalla cultural. No quiero que se desprecie la ternura, la duda, la prudencia, el pacto, la escucha, el silencio.

Quiero otra cosa.

Quiero una política adulta. Una política que sepa que la realidad no cabe en un hilo de Twitter. Que no nos trate como hinchas. Que no necesite mantenernos enfadados para existir. Que no use nuestras heridas como combustible electoral. Que entienda que gobernar también es calmar, ordenar, cuidar, explicar.

Quiero políticos que sepan hablar con personas que no les votan.

No me impresiona un político que solo emociona a los suyos. No me impresiona quien arranca aplausos en su propia grada. No me impresiona quien sabe decir exactamente lo que su parroquia quiere escuchar. Eso es fácil. Eso lo hace cualquiera con un buen equipo de comunicación.

Me impresiona quien puede hablarle al que duda. Al que no piensa igual. Al que está cansado. Al que no milita. Al que no grita. Al que no quiere odiar. Al que necesita entender.

Me impresiona quien puede sostener una conversación difícil sin convertirla en una guerra. Quien es capaz de reconocer complejidad sin esconderse en ella. Quien puede tomar decisiones firmes sin perder humanidad. Quien entiende que el adversario no es un obstáculo a eliminar, sino una parte legítima del sistema democrático.

Porque eso también se nos olvida: el adversario es necesario.

En democracia, el otro no sobra. El otro incomoda, sí. Contradice, sí. Fiscaliza, sí. A veces desespera, también. Pero no sobra. Cuando empezamos a fantasear con una política sin el otro, dejamos de hablar de democracia y empezamos a hablar de otra cosa.

No, no todo vale. No todo vale aunque estemos enfadados. No todo vale, aunque tengamos razón. No todo vale aunque la causa sea justa. Hay límites que una sociedad decente no debería cruzar.

Y ahí aparece esa frase tan peligrosa: “los míos”.

Qué peligro tienen “los míos” cuando dejan de ser una comunidad y se convierten en permiso. Si lo hace el otro, es intolerable. Si lo hace el mío, hay contexto. Si insulta el otro, crispación. Si insulta el mío, contundencia. Si miente el otro, manipulación. Si miente el mío, estrategia. Si pacta el otro, traición. Si pacta el mío, responsabilidad.

Así no hay democracia que madure. Así solo hay tribalismo con urnas. Y... ¡yo no quiero vivir en una tribu! Quiero vivir en una sociedad. Una sociedad con desacuerdos, claro. Con discusiones, por supuesto. Con ideologías distintas, ¡faltaría más!. La pluralidad no es el problema. El conflicto tampoco. El problema no es discutir. El problema es cómo discutimos.

Si discutimos para entender o para vencer. Para mejorar algo o para humillar a alguien. Desde el pensamiento o desde la herida. Con datos, con experiencia, con límites, con humanidad; o solo para sentir que pertenecemos a un grupo.

Me gustaría que volviéramos a valorar el sentido común. No como frase vacía. Hablo del sentido común entendido como contacto con la realidad. Como sabiduría práctica. Como respeto por la experiencia. Como prudencia antes de legislar sobre la vida de otros. Como conciencia de que detrás de cada decisión pública hay personas concretas.

El sentido común pregunta cosas sencillas: ¿esto ayuda?, ¿a quién deja fuera?, ¿qué consecuencias tendrá?, ¿quién lo va a cuidar?, ¿es justo?, ¿es posible?, ¿es humano?, ¿estamos resolviendo un problema o creando otro?

Preguntas básicas. Casi humildes. Pero quizá por eso mismo tan necesarias.

Porque la política sin humildad se vuelve peligrosa. Y últimamente veo muy poca humildad. Veo demasiada certeza, demasiado dedo levantado, demasiada superioridad, demasiada incapacidad para decir: “Aquí nos equivocamos”. “Esto no salió bien”. “No escuchamos suficiente”. “Fuimos injustos”. “Nos pudo la estrategia”. “Nos alejamos de la gente”. Qué alivio sería escuchar algo así. Qué alivio sería un poco de verdad. No una verdad absoluta, grandilocuente, partidista. Una verdad humana. Una verdad sencilla. La de alguien que reconoce límites. La de alguien que no necesita parecer invulnerable. La de alguien que entiende que la confianza se construye también desde la honestidad.

Quizá por eso estoy harta: porque echo de menos la humanidad en la política.

Echo de menos la pausa, la conversación lenta, la educación, la vergüenza. Sí, la vergüenza. Esa emoción tan denostada y tan necesaria cuando nos recuerda que no todo se puede hacer, no todo se puede decir, no todo se puede justificar.

Echo de menos que alguien diga: basta.

Basta de tratarnos como si fuéramos idiotas. Basta de convertir cada tragedia en munición. Basta de usar el dolor ajeno para hacer campaña. Basta de infantilizar a la ciudadanía. Basta de premiar al más cruel. Basta de confundir política con espectáculo. Basta de vivir permanentemente al borde del incendio.

No sé cuál es la solución. Desconfío de las soluciones demasiado rápidas. Pero quizá podemos empezar por algo pequeño: por recuperar nuestra propia manera de estar en la conversación pública.

Podemos dejar de compartir lo que solo alimenta odio. No reír todas las gracias crueles. Pedir argumentos, no consignas. Leer más despacio. Escuchar a alguien que no piensa igual sin preparar la respuesta mientras habla. Reconocer cuando los nuestros se equivocan. Apagar un rato. Cuidar las comidas familiares. Enseñar a nuestros hijos que pensar distinto no autoriza a despreciar. Recordar que la política importa, pero no debería devorarlo todo.

Porque antes que votantes somos personas.

Personas que aman, trabajan, cuidan, se equivocan, enferman, envejecen, desean, temen, esperan. Personas que necesitan menos ruido y más verdad. Menos teatro y más responsabilidad. Menos cinismo y más decencia. Menos bando y más país. Menos victoria y más convivencia.

Estoy harta, sí. Pero quizá estar harta también es una forma de no resignarse.

Quizá este hartazgo no sea solo cansancio. Quizá sea una señal. Una alarma íntima que nos dice que algo se ha desordenado demasiado. Que no podemos acostumbrarnos a este nivel de agresividad. Que no debemos aceptar como normal una vida pública sin respeto. Que todavía esperamos otra cosa.

Y quiero agarrarme a eso.

A la posibilidad de una política menos histérica y más humana. A una política que no nos obligue a odiarnos para participar. A una política donde la inteligencia no esté reñida con la pasión. A una política donde la firmeza no necesite perder la ternura. A una política donde el sentido común vuelva a ser una forma de cuidado.

No sé si llegará. Pero sé que la necesito.

Y sé que no soy la única.

Porque detrás de tanto grito hay mucha gente en silencio pensando lo mismo: estamos hartos.

Pero no hemos dejado de querer algo mejor.

Hoy sí, con Amor, Cris, pero también, bastante indignada.

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