DUELO Y ACEPTACIÓN
Eso que llevas dentro y que nadie llama duelo
Hay pérdidas que todo el mundo ve, las que tienen funeral, flores y gente que te abraza, las que tienen un nombre claro y un protocolo más o menos conocido: llorar, recordar, echar de menos. Y luego están las otras, las que no tienen ceremonia, las que no generan bajas laborales, ni visitas, ni mensajes de condolencia. Las que a veces ni tú misma reconoces como lo que son.
La amistad que se fue diluyendo o que se rompió. El trabajo que perdiste y con él una parte de quien creías que eras. El aborto que viviste en silencio. La relación que terminó aunque nadie haya muerto. La ciudad que dejaste atrás. El cuerpo que ya no es el que conocías. La mascota que se fue. El sueño al que renunciaste sin despedirte de él.
Todo eso también es duelo, aunque nadie lo llame así. El duelo no es solo la respuesta a la muerte, es la respuesta a cualquier pérdida que importe. Y, sin embargo, vivimos en una cultura que tiene muy poco espacio para eso, que normaliza ciertos dolores y silencia otros, que te pregunta cómo estás a la semana del funeral pero no a los seis meses, cuando el ruido se ha callado y el peso es más tuyo que nunca.
Hay otro duelo del que se habla especialmente poco y que veo con mucha frecuencia: el de las madres y los padres que reciben un diagnóstico para su hijo o hija; autismo, déficit de atención e hiperactividad, discapacidad intelectual, visual, auditiva, etc., dificultades en el desarrollo. Nadie muere, el hijo o la hija está ahí, presente, querido tal y como es, y aún así hay una pérdida real: la del futuro que habían imaginado, la de la vida que habían soñado para esa persona. Llorar eso no significa querer menos, significa que hay algo que procesar, algo que necesita espacio y, sin embargo, muchos padres y madres sienten culpa por sentirlo, como si no tuvieran derecho. Como si el amor tuviera que ser suficiente para no doler. Pero el amor y el duelo no se excluyen, sino que conviven, y el duelo que no se nombra no desaparece.
Luego está el duelo de los que crecieron esperando algo que nunca llegó: una madre presente, un padre que protegiera, un hogar que se sintiera seguro. Hay personas que llevan años ancladas en una pregunta que pesa mucho: ¿por qué no tuve unos padres que estuvieran presentes, que me cuidaran, que me protegieran, que me vieran? Y la respuesta no llega, o llega a medias, porque la persona sigue viva. No ha muerto nadie y, sin embargo, la pérdida es completamente real. Lo mismo ocurre con quien creció viendo cómo trataban mal a su madre o a su padre: es el duelo de la infancia que no pudo ser, el de la seguridad que nunca existió. Son aquellos que aprendieron que el amor y el miedo podían convivir en la misma casa.
Hablamos también de aquel que empieza antes de que llegue la despedida. El de quien acompaña a un familiar o amigo con una enfermedad neurodegenerativa y va perdiendo poco a poco a la persona que conocía, mientras su cuerpo sigue presente. El de quien cuida a alguien con una enfermedad grave y ya está doliendo una pérdida que todavía no ha ocurrido. Son duelos que agotan de una manera difícil de explicar, porque no tienen un momento claro de cierre. La pérdida es continua y muchas veces sin permiso para sentirla porque "todavía está aquí". La psicóloga Pauline Boss llamó a esto duelo ambiguo: la pérdida existe, es real, pero no tiene un cierre claro porque la persona está y no está a la vez.
¿Por qué a veces resulta tan difícil atravesar el duelo? Porque muchos de ellos son duelos desautorizados: no tienen permiso social para existir, no pueden ser abiertamente reconocidos ni apoyados por el entorno. El duelo por un aborto, por una amistad que se rompió, por una relación que para los demás no contaba, por una mascota, por una identidad que perdiste, por los padres que no pudiste tener. Pérdidas que son completamente reales pero que el mundo no sabe muy bien cómo sostener, y que muchas veces tú misma acabas minimizando porque nadie a tu alrededor las valida. Y el problema no es solo que nadie te acompañe. Es que muchas veces acabas dudando tú misma de si tienes derecho a sentir lo que sientes, si es para tanto, si no deberías haberlo superado ya.
Y mientras tanto, el duelo sigue ahí. Porque el duelo no desaparece porque no lo nombremos, solo se queda sin resolver. Una pérdida que no se mira, no se cierra, se queda transversal a la vida, colándose donde menos lo esperas.
Y no, no todos necesitamos el mismo tiempo ni atravesamos de la misma manera nuestros duelos. Escucho mucho "ya debería haberlo superado" o "¿cuánto tiempo es normal?" Y la respuesta honesta es que no hay una fecha de caducidad universal. Cada duelo tiene su ritmo, su intensidad, su forma de moverse. Lo que sí sabemos es que cuando el dolor se prolonga más de dos años sin remitir, o cuando alguien se queda completamente estancado sin poder avanzar, hablamos de un duelo que merece acompañamiento especializado. Y que el duelo no funciona en línea recta: hay días en que parece que ya pasó y días en que vuelve con una fuerza que descoloca. Eso no significa que vayas hacia atrás, significa que estás en ello, y que atravesarlo lleva tiempo, no porque algo vaya mal, sino porque algunas pérdidas pesan mucho.
Y en ello está la clave, porque el duelo no es solo algo que hay que entender, es algo que hay que vivir, que atravesar, que sentir. Aunque duela, aunque incomode, aunque no sepas muy bien qué hacer con todo lo que sale. No hay atajo, no hay forma de procesarlo solo desde la cabeza. El cuerpo también guarda la pérdida, la rabia, la tristeza, la culpa, el amor que no sabe adónde ir. Y todo eso necesita espacio, no para ser resuelto, sino para ser transitado.
Y por último, hay algo más que quiero decirte. A veces lo que impide atravesar el duelo no es la intensidad del dolor, sino el miedo a que soltar signifique olvidar. Como si sanar fuera una traición. Como si dejar de sufrir tanto implicara dejar de querer. Quizá no te pase a ti, quizá le pase a alguien cercano, y es importante darle voz, porque no es así. Soltar el duelo no es soltar a la persona, es aprender a llevarla de otra manera, integrarla, hacer de ella parte de ti sin que su ausencia te paralice. El amor no desaparece cuando el dolor remite, solo cambia de forma.
Si llevas tiempo con algo que pesa y no sabes muy bien cómo nombrarlo, quizá vale la pena preguntarte: ¿qué he perdido que no me he permitido llorar? A veces esa pregunta es el principio de todo.
Si quieres acompañamiento para transitarlo, en Te Cuidas próximamente organizaremos un taller experiencial sobre el duelo. Si te interesa, escríbenos.
Un abrazo fuerte, Rosario.