Redes y autoestima
El scroll infinito y la paradoja del trabajo
Cada mañana, antes incluso de sentir los pies en el suelo, muchas personas ya han deslizado el dedo por la pantalla de su móvil. Instagram, TikTok, Facebook, X. Un pequeño gesto repetido que parece inofensivo, pero que esconde una compleja red de estímulos diseñados para una cosa: que no pares. Que sigas. Que sigas. Que sigas.
El scroll infinito —ese gesto interminable de deslizar contenido tras contenido— no es casual. Fue diseñado para que no haya final. No hay una página que se termine, no hay un "hasta aquí". Y nuestro cerebro, especialmente vulnerable a este tipo de dinámicas, lo agradece, hasta que lo necesita.
Cada vez que encontramos algo que nos gusta en redes —un vídeo gracioso, un mensaje de apoyo, una imagen inspiradora—, nuestro cerebro libera dopamina. Este neurotransmisor está implicado en los circuitos de recompensa, placer y motivación. No es "la hormona de la felicidad", como a veces se simplifica, sino más bien el motor que nos impulsa a repetir una conducta porque en algún momento nos produjo placer.
El problema es que las redes sociales están diseñadas precisamente para eso: activar ese sistema una y otra vez. Pero no de manera constante, eso nos aburriría, sino intermitente. Como en las máquinas tragaperras, el premio no está garantizado, y eso las hace más adictivas.
No todas las personas desarrollan una adicción a las redes, pero muchas desarrollan una relación disfuncional. ¿Cuándo deja de ser un hábito y se convierte en un problema? Cuando necesitas mirar el móvil para calmarte. Cuando te sorprendes revisando Instagram sin haberlo decidido. Cuando sientes ansiedad si estás sin conexión. Cuando el tiempo se te va sin darte cuenta y eso empieza a afectar a tu descanso, tus relaciones, tu trabajo. Y sí, aquí es donde la cosa se complica. Porque muchas personas usan las redes como herramienta de trabajo. Es más: las redes son su trabajo.
Pienso en una paciente magnífica. Inteligente, dulce, cuidadosa con lo que hace. Profesional de su sector, trabaja desde la autenticidad y con un gran sentido del compromiso. Su contenido es de calidad. Lo prepara, lo piensa, lo revisa. Sin embargo, su empresa no termina de despegar. Sus publicaciones no se viralizan. Instagram "la castiga" con su indiferencia. Ella se esfuerza, pero la recompensa es mínima. Cada día, con cada publicación que no tiene el impacto esperado, se activa en ella una herida: "¿no soy suficiente?", "¿esto no vale la pena?", "¿por qué otras personas con contenidos vacíos consiguen llegar más lejos?". Ahí está el dolor de fondo. Porque ya no es solo la adicción. Es el sistema que mide tu valía en likes, en engagement, en métricas.
Volvamos al inicio. A ese gesto casi automático de coger el móvil nada más despertar. Lo que hacemos en los primeros minutos del día determina mucho más de lo que creemos. Si lo primero que vemos es una red social, es probable que entremos en piloto automático. Nuestro sistema nervioso, que acaba de salir del sueño, necesita tiempo para regularse. Pero las redes son todo menos regulación: son sobresalto, impacto, velocidad, estímulo. Empezar el día así es como arrancar un coche acelerando a fondo sin haber calentado el motor.
Las redes no son neutrales. Cuando las usamos de forma intensiva, moldean la manera en que nos vemos. Filtran qué es deseable, qué es éxito, qué es belleza, qué es felicidad. Aunque sabemos que son imágenes seleccionadas, editadas y muchas veces falsas, el impacto emocional está ahí. Lo que vemos cada día condiciona lo que creemos posible y lo que creemos que deberíamos ser. Y eso tiene un precio: la ansiedad por no llegar, la frustración por no ser suficientes, la presión de estar "a la altura".
No se trata de demonizar las redes. Son herramientas. Y como todas las herramientas, su impacto depende de cómo se usen y de la conciencia que tengamos al usarlas. Algunas ideas que pueden ayudarnos a regular nuestra relación con ellas: cuestiona el primer gesto del día, ¿puedes empezar tus mañanas sin el móvil? Pon límites de tiempo, hay aplicaciones que ayudan a controlar cuánto tiempo pasas en cada red. Revisa a quién sigues, ¿te inspira o te hace sentir mal? Recuerda que el algoritmo no mide tu valor: las redes están diseñadas para captar atención, no para premiar el contenido de calidad. Y desconecta para reconectar: a veces, salir de las redes unos días permite volver con una mirada más clara, menos dependiente.
Volviendo a mi paciente, su camino no depende de cuántos seguidores tenga, aunque eso forme parte del engranaje. Su valor está en lo que hace, en cómo lo hace, en la intención que pone. Aunque el algoritmo no la premie siempre, ella empieza a premiarse a sí misma. Y eso, al final, es el verdadero éxito.
La ciencia ha comenzado a desentrañar los efectos del scroll infinito en nuestro cerebro. El acto de hacer scroll activa el sistema de recompensa, liberando dopamina, un mecanismo similar al que se produce con actividades placenteras como comer o hacer ejercicio. Sin embargo, la gratificación inmediata y constante puede llevar a una sobreestimulación del sistema dopaminérgico, generando una búsqueda compulsiva de estímulos y dificultando la capacidad de concentración y atención. El uso excesivo también puede provocar cambios estructurales en el cerebro: estudios han encontrado una reducción del volumen de materia gris en áreas responsables de la atención, la toma de decisiones y el control emocional en personas con adicción a las redes sociales, cambios similares a los observados en adicciones a sustancias psicoactivas.
El scroll infinito también se ha relacionado con un aumento en los niveles de ansiedad, estrés y síntomas depresivos. La exposición constante a contenido negativo o alarmante, conocida como "doomscrolling", activa el sistema límbico y la amígdala, llevando a un estado constante de hiperalerta que puede afectar la calidad del sueño, la presión arterial y la salud mental en general. Los adolescentes son especialmente vulnerables, ya que su cerebro aún está en desarrollo: el uso intensivo de redes sociales en esta etapa puede afectar la capacidad de atención, el rendimiento académico y el bienestar emocional, y la búsqueda de validación a través de "me gusta" y comentarios puede influir negativamente en la autoestima y la imagen corporal.
Gracias por llegar hasta aquí. Gracias por leernos.
Con Amor, Cristina Acebedo, psicóloga colegiada nº CL06154