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Cambio y transiciones

El primer amor de verano (y otros veranos que también cuentan)

Cristina Acebedo Hernández·03/08/2025

Hay amores que no duran, pero no se olvidan. Y casi siempre, el primero de todos llegó en verano. En una playa, en un pueblo, en un campamento, en una fiesta de "prao". Con olor a crema solar, con helado derretido, con una canción hortera de fondo que aún hoy te hace reír.

Ese amor de verano tenía algo de película. O al menos, así lo recuerdo yo. Como si estuviéramos dentro de El Diario de Noah, con una Vespa prestada, dos toallas juntas y muchas ganas de que algo pasara.

Nos leían la mano y nos lo creíamos. "Vas a tener 5 hijos" y aquello nos parecía el paraíso. Nos decían que el meñique corto significaba que éramos especiales. Nos poníamos colonia antes de bajar al paseo marítimo, aunque supiéramos que nadie se iba a fijar. Pero nos fijábamos. Claro que sí. Y quedábamos en el puente siempre a la misma hora y eso era lo mejor que podía pasarnos en la vida entera. En esa persona que parecía no tener nada especial, pero que nos miró distinto. Y ya está: ahí empezó todo.

Fue el primer latido fuera del pecho. El primer mensaje en papel doblado. La primera vez que alguien te cogía de la mano sin que tú hicieras nada. La primera vez que te peinaste veinte veces en un mismo día. La primera vez que entendiste qué era ese cosquilleo en el estómago, y por qué no se iba.

Nos acordamos de la moto que nunca iba rápido, pero sonaba como si sí. Las chanclas compartidas. Las promesas imposibles, hechas bajo una luna gigante. Los paseos lentos por el espigón. Las fotos borrosas que no enseñamos a nadie. Las primeras sidras.

Ese primer amor no fue perfecto. A veces ni siquiera fue amor. Pero fue nuestro. Y eso lo hace irrepetible. Algunas veces se acabó en silencio, como si nada. Otras, con una carta escrita a mano y doblada en cuatro. A veces simplemente dejamos de vernos, y nos dijimos adiós con la mirada. Pero no dolía tanto como ahora, porque aún no sabíamos bien qué era perder.

En psicología lo sabemos: el cerebro adolescente graba todo con más intensidad. Y el corazón, si no está ocupado con otras heridas, se deja impresionar con facilidad. Por eso esos veranos se quedan. Porque fuimos valientes. Porque no teníamos coraza. Porque queríamos que algo pasara. Y pasó.

Hoy, años después, a veces nos cruzamos con alguien que nos lo recuerda. O nos ponemos esa canción. O pasamos por ese lugar. Y sonreímos. Porque algo de aquel verano aún vive en nosotras. No por la persona. Sino por lo que sentimos. Por lo que nos descubrimos capaces de sentir. Quizá por eso seguimos buscando, sin darnos cuenta, ese mismo efecto: ese "clic" sin explicación. Esa certeza de que nos ven. Esa versión de nosotras mismas que brillaba sin maquillaje, sin filtros, sin experiencia, pero con toda la emoción del mundo.

Después de aquel primer amor de verano vinieron otros. Algunos más serios, otros más caóticos. Algunos tranquilos como una cala escondida. Otros como una tormenta de agosto. Y con ellos, otros veranos. Veranos con hijos, donde el amor era compartir el último mordisco del helado. Veranos con amigas, donde nadie te preguntaba por nada y aún así te sentías comprendida. Veranos en los que volviste a besar, sin saber si estabas preparada, pero con ganas de volver a sentir.

Porque no todo fue juventud y bicicletas. También hubo veranos de reencontrarse. De volver a mirar al mar después de años con la vista hacia dentro. De volver a sentir mariposas al verte reflejada en la mirada de alguien que te hablaba con calma. A veces fue tu pareja de siempre, con quien compartiste el primer amor, y también la hipoteca, las noches sin dormir y las vacaciones que empezaban con discusiones por la maleta. Y aún así, ahí estabais. Mirando juntos una puesta de sol como si fuera la primera. Con las canas saliendo, con las ojeras, con los hijos lanzando arena. Y tú pensando: "Esto también es amor. Y también es verano."

Otras veces el amor de verano fuiste tú. Tú sola, sin nadie que te cogiera de la mano. Con un libro en la toalla, con tus pies en el agua, con tus pensamientos tranquilos por fin. Y en ese silencio apareció algo que parecía perdido: tú. Tu voz. Tu deseo. Tu paz. Y supiste que no hacía falta que nadie te mirara como en las películas. Que bastaba con que tú volvieras a mirarte sin juicio. Con ternura. Con esa ternura que una vez tuviste para otra persona, y que ahora aprendías a tener contigo.

También hay veranos de segundas veces. De besos nuevos en cuerpos que ya no tienen veinte años, pero saben mejor. De manos entrelazadas con más historia, pero menos miedo. De paseos sin prisa, sin necesidad de demostrar, sin urgencia por impresionar. Amores que llegan sin avisar, como esa lluvia que cae cuando has dejado la toalla puesta. Y no importa. Porque ya no tienes prisa por correr. Porque ya aprendiste que lo bueno no siempre se nota al principio. Y que a veces el mejor verano no es el más intenso, sino el más real.

Quizá este verano no tenga historia. O quizá sí. Quizá sea el verano en que algo empieza sin que lo sepas. O el verano en que nada pase, pero tú cambies por dentro. Sea como sea, ojalá lo vivas como si fuera el primero. Con los ojos abiertos. Con el cuerpo al sol. Con la disposición ingenua de quien cree que todo es posible. Aunque solo sea por unos días.

Gracias por estar al otro lado. Por leer, por recordar, por sentir. Ojalá este verano también te deje una de esas memorias suaves, de las que se quedan sin hacer ruido. Y si no llega, ojalá al menos lo desees.

Con amor, Cris.

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