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Cultura y sociedad

El escándalo Coldplay y la delgada línea entre saber y devorar

Cristina Acebedo Hernández·18/07/2025

Una reflexión sobre la cultura del escarnio, el morbo y cómo nos va erosionando por dentro sin que nos demos cuenta.

Estos días no hay red social que no haya caído en el vídeo viral del concierto de Coldplay: una pareja aparece en la kiss-cam, se pone nerviosa, Chris Martin bromea desde el escenario, y en cuestión de horas el momento salta de TikTok a X, de ahí a los medios, y luego... a la vida personal de dos personas anónimas hasta ese instante.

Andy Byron, CEO de una startup, y Kristin Cabot, responsable de recursos humanos de la misma empresa, aparecen abrazados. Se supone que ambos están casados con otras personas. Alguien conecta los puntos y en menos de 24 horas ya se conocen sus nombres, sus fotos, sus trayectorias laborales, sus domicilios. Y lo más grave: los nombres de sus hijos, las imágenes de sus familias, las publicaciones de sus parejas.

Se han convertido en memes a escala global. Sus vidas privadas, en un buffet libre de escarnio. Su error, en entretenimiento para millones.

¿Qué está pasando con nosotros? Podemos decir que es culpa del algoritmo. Podemos culpar a los medios, a la falta de privacidad, a lo "poco discretos" que fueron ellos. Pero cuando participamos del juego, aunque sea con un clic, con una broma, con un comentario más... somos parte.

Nos hemos acostumbrado tanto a tener acceso a todo, que ya no distinguimos entre lo que nos interesa y lo que nos corresponde. Hemos perdido el pudor de mirar. Y ya no sólo miramos: examinamos, juzgamos, difundimos, despedazamos. Y lo hacemos con una naturalidad aterradora, como si ya no doliera. Como si el dolor del otro no tuviera peso porque está del otro lado de la pantalla.

Este no es el primer caso, ni será el último. Hace no tanto, el caso de Tamara Falcó e Íñigo Onieva copaba titulares tras una infidelidad grabada y difundida en redes. Personas opinando sin parar sobre si ella debía perdonar, si él era un cínico, si era amor verdadero o puro marketing. Cada gesto suyo era analizado como si fueran personajes de ficción, sin recordar que, aunque públicos, son humanos.

Más atrás, el caso de Britney Spears nos dejó una lección brutal. Lo que parecía durante años una historia "divertida" sobre una estrella caída se destapó como un abuso colectivo: medios, paparazzis, fans, todos participamos de la demolición de una mujer con problemas de salud mental. Años después, pedimos perdón. Pero el daño ya estaba hecho.

Hay algo profundamente deshumanizador en esto que hacemos. En esta necesidad de tener algo de qué hablar. De reírnos a costa del otro. De alimentarnos del error ajeno como si no tuviéramos los nuestros.

¿Qué parte de mí disfruta esto? Es una pregunta incómoda. Pero honesta. Y a veces es necesario incomodarnos para crecer. ¿Por qué me gusta saber los detalles de una vida que no es la mía? ¿Qué obtengo mirando con lupa la intimidad de personas desconocidas? ¿Qué vacío me intenta llenar este tipo de contenido? ¿Qué parte de mí se cree que no podría estar, un día, al otro lado de la pantalla?

En psicología lo llamamos despersonalización del otro: cuando alguien se convierte en objeto, deja de importarnos su sufrimiento. Dejamos de conectar. Dejamos de empatizar. Dejamos de sentir. Y eso, si lo repetimos una y otra vez, también nos transforma por dentro. Nos vamos volviendo más fríos. Más indiferentes. Más lejos de nosotros mismos.

Aquí, en Te Cuidas, hablamos mucho de autocuidado, de límites, de presencia, de descanso, de vínculos. Y a veces, cuidarse también implica mirar qué tipo de contenidos dejamos entrar en nuestro mundo interior. Hay cosas que parecen inofensivas pero nos desgastan por dentro. Nos roban tiempo, nos bajan la energía, nos siembran cinismo. Nos hacen mirar el mundo con un juicio permanente, con una dureza sin matices.

El problema no es solo el escándalo en sí. El problema es el hábito que se crea: el hábito de alimentarnos de lo superficial, de lo dañino, de lo viral. Y la necesidad constante de distraernos con lo ajeno para no mirar lo propio.

Tenemos una oportunidad. Siempre la tenemos. Cada vez que vemos un vídeo, una historia, una publicación que expone el dolor de alguien, podemos elegir: ¿voy a consumir esto? ¿O voy a sostenerme en el silencio? Elegir no participar es también una forma de resistencia. De humanidad. De cuidado.

Para pensar en voz baja, con una taza caliente entre las manos: ¿qué tipo de historias busco cuando navego por redes? ¿Qué siento después de pasar veinte minutos viendo escándalos ajenos? ¿Estoy más tranquila? ¿Más cansada? ¿Más irritable? ¿Me doy permiso para cerrar la puerta al ruido? ¿Estoy cultivando en mí una forma suave de mirar al mundo?

Porque cuidarse no es solo hacer yoga, comer bien o ir a terapia. Cuidarse también es no mirar todo. No opinar de todo. No compartir todo. Y proteger al otro. Incluso cuando no lo conocemos. Incluso cuando ha cometido errores. Incluso cuando el mundo entero está dispuesto a devorarlo.

Preferimos el rumor de una tetera que el estruendo de un juicio viral. Pasa, siéntate, y cuéntame: ¿cómo cuidas lo que consumes? ¿Cómo te cuidas de este ruido? Te leo.

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