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Nostalgia

El drama de irme de Llanes

Cristina Acebedo Hernández·14/08/2026

Hoy se terminan mis vacaciones en Llanes.

Y yo sé que hay dramas reales en la vida. Lo sé. Sé que esto, visto desde fuera, puede parecer una exageración de señora intensa que no quiere volver a la rutina. Pero para mí irme de Llanes es un auténtico drama.

Un drama absoluto.

De esos que empiezan el día anterior, cuando todavía estás allí, pero ya no estás del todo. Cuando empiezas a mirar la casa con ojos de despedida. Cuando recoges una sudadera del respaldo de una silla y ya sabes que no la vas a volver a usar por la noche con ese fresco maravilloso del norte. Cuando te pones a doblar bañadores, camisetas, ropa de las niñas, y algo dentro se encoge un poco.

Porque Llanes no es solo un sitio al que voy de vacaciones.

Llanes es una forma de estar en el mundo.

Es playa sin sombrilla porque, seamos sinceros, en el norte nadie promete sol eterno. Es bañador de recambio. Es toalla tipo pareo porque las gordas no se secan jamás. Es chubasquero siempre cerca. Es katiuskas para las niñas. Es esa frase tan asturiana y tan real de: "lleva una sudadera por si refresca". Las sudaderas de verano deberían tener su propio ensayo filosófico. En el sur suena absurdo; en el norte es supervivencia emocional.

Llanes es Barro.

La playa de Barro, que para mí tiene algo de casa. Me da igual que haya playas más famosas, más salvajes o más fotogénicas. Barro es Barro. Ese pueblo, esa arena, esa marea baja que abre caminos, esa posibilidad de pasar a otra playa y sentir que has descubierto un pequeño secreto. Allí están mis niñas, Pablo, los cubos, las carreras, los baños con frío, los planes improvisados, los días que no tienen mucha estructura pero tienen todo el sentido.

Y está también mi abuelo.

Su presencia eterna allí.

No sé explicarlo de otra manera. Hay lugares donde los muertos no se han ido del todo. No de una forma triste, sino de una forma muy profunda. Como si siguieran apareciendo en una curva, en una conversación, en una manera de mirar el mar, en un paseo repetido, en una mesa, en una playa. Mi abuelo está en Llanes de esa forma. Sin hacer ruido. Pero está.

Quizá por eso me cuesta tanto irme.

Porque marcharme de Llanes no es solo volver a casa. Es despedirme de una parte de mí que allí respira distinto.

También está Vir.

Mi amiga Vir, que es de esas personas que hacen que un sitio sea todavía más sitio. Porque al final los lugares no son solo paisajes: son las personas con las que los vivimos. Vir, Jose, Ceci. Los planes con ellos. Las comidas que se alargan, los mensajes para organizar el día, las niñas juntas, las risas, los atardeceres, esa confianza de quien no necesita grandes ceremonias para estar bien.

Hay amistades que hacen hogar.

Y ellos son mucho de eso.

Con ellos Llanes se vuelve más nuestro. Más vivido. Más de verdad. Hay días de playa, de helados, de "¿qué hacemos hoy?", de "vamos a Barro", de "¿y si nos acercamos al mirador?", de "reserva que si no nos quedamos sin sitio", porque en Llanes una cosa hay que tener clara: para comer bien, hay que reservar. Siempre.

Y comer en Asturias, además, no es cualquier cosa.

Comer en Asturias es un plan en sí mismo. Es sidra, es croqueta, es patatina al cabrales, es cachopo. Y en mi caso, la búsqueda sagrada del cachopo sin gluten, que merece casi una peregrinación. Porque pocas cosas hay más felices que encontrar un sitio donde puedas comer rico, sin miedo y sin sentir que estás molestando por preguntar.

En mi guía antigua de "Planazos para Llanes" ya lo decía con bastante contundencia: si no te tomas un cachopo, casi no te puedo recomendar planes. Y sigo sosteniendo esa teoría. El cachopo, allí, forma parte del ecosistema.

Me gustan mucho las sidrerías de Llanes. El Almacén, por ejemplo, en el centro, con comida asturiana de la de verdad: patatinas al cabrales, croquetas, alitas, cachopo explosivu y bien de sidra. El Puerto también me gusta, sobre todo si consigues mesa en la terraza que da al puerto. Los calamares, las croquetas, el cachopo, ese ambiente de verano del norte que no tiene nada que ver con el verano perfecto y dorado de las postales, sino con algo más mezclado: humedad, sal, piedra, ruido, niños, chaquetas, sidra y felicidad.

También está La Casería de Santa Marina, que me gusta por las vistas, por el jardín, por esa sensación de estar comiendo con los Picos de Europa al fondo y los niños haciendo volteretas cerca. Además, para los días de lluvia —porque en Llanes los días de lluvia no son una posibilidad, son un personaje secundario— viene fenomenal tener un sitio así.

Pero mi Llanes no se entiende solo comiendo. Se entiende mirando.

Mirando el mar desde el Paseo de San Pedro, con ese césped sobre los acantilados y el Cantábrico abajo. Hay sitios que no necesitan mucho más. Caminar por allí ya baja un poco el volumen interno. Es como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que no hace falta correr tanto.

Se entiende también en los atardeceres. El Mirador de Andrín, o de la Boriza, tiene unos atardeceres que son una barbaridad. A mí me gusta esa idea de ir con unas sidras, una tortilla y esperar. Esperar sin hacer nada especial. Esperar a que el cielo cambie, a que el mar se oscurezca, a que alguien diga "qué fuerte", aunque todos estemos viendo lo mismo. Este verano, además, estuvo el eclipse, y hay cosas que una no sabe si son objetivamente tan mágicas o si se vuelven mágicas porque las vive con la gente adecuada, en el lugar adecuado, en ese momento exacto en el que parece que el verano se suspende un segundo.

Llanes también son sus playas raras, preciosas, incómodas, distintas.

Torimbia, que es la playa por excelencia, aunque haya que caminar y aparcar sea una aventura. Toranda, en Niembro, desde donde puedes ir andando a Torimbia por un caminito. Borizu, entre Barro y Celorio, más llena, más cómoda, más de todo, pero no Barro. Bayota, espectacular y salvaje, con surfistas y ese punto de "qué maravilla, pero ojo". Gulpiyuri, que si hay marea alta casi ni existe, como una playa al revés, pequeñita y especial. Huelga, que no es una playa al uso, sino algo más mágico, con esa roca desde la que se ven atardeceres espectaculares. Toró, llena de rocas como churripiteles, incómoda para pasar el día, pero preciosa para mirar.

Llanes tiene mucho de eso: no siempre es cómodo, pero es precioso.

No es un lugar que se adapte a ti. Eres tú quien se adapta a él. A sus mareas, a su clima, a sus carreteras, a sus prados, a sus adoquines imposibles. Allí no se va con tacones. Se va con vestidos cómodos, vaqueros, sudaderas, zapatillas y esa disposición del norte a aceptar que el día puede cambiar cinco veces y aun así ser perfecto.

Y luego están esos planes que una recomienda siempre: el cementerio de Niembro, que para mí es un sitio mágico, sobre todo cuando la ría está llena y parece que flota; los Bufones de Pría si el mar está picado, con chubasquero obligatorio; la ruta del cine, porque en Llanes se han rodado muchas películas y tiene gracia ir reconociendo escenarios; alguna actividad de barranquismo, surf, caballo, descenso del Sella, del Deva o del Cares si el cuerpo pide aventura.

Pero, en realidad, mi recomendación principal para Llanes es otra: no intentes controlarlo demasiado. Llanes se disfruta mejor cuando aceptas su desorden.

Cuando asumes que igual sales con sol y vuelves con lluvia. Que igual ibas a una playa y acabas en otra. Que igual los niños se llenan de barro, de arena, de sal y de vida. Que igual necesitas una sudadera a las siete de la tarde en pleno agosto. Que igual el mejor momento del día no era el plan previsto, sino ese helado en Revuelta, esa conversación sin prisa, ese paseo tonto, esa sidra mirando al mar, ese rato en el que las niñas juegan y tú piensas: esto era.

Los helados de Revuelta merecen capítulo aparte.

No sé si son objetivamente los mejores del mundo o si yo los tengo ya mezclados con demasiados veranos, pero para mí saben a Llanes. A después de cenar. A niñas eligiendo sabor. A manos pegajosas. A "venga, uno más". A paseo lento. A esa felicidad sencilla que no parece gran cosa mientras ocurre, pero luego se convierte en recuerdo.

Y entonces llega el 14 de agosto.

Y hay que irse.

Y yo lo vivo fatal.

Lo vivo como quien abandona una versión más tranquila de sí misma. Como si metiera en la maleta no solo ropa, sino días enteros que no quiero cerrar. Me da pena despedirme de Vir, de Jose, de Ceci, de los planes juntos. Me da pena despedirme de Barro. Me da pena dejar allí los atardeceres, las sudaderas de verano, los cachopos sin gluten, los paseos, las niñas con el pelo mojado, Pablo mirando el mar, mi abuelo en todas partes.

Me da pena porque hay sitios que no son solo sitios. Son una memoria. Una forma de familia. Una manera de volver a algo esencial.

Y quizá por eso irme de Llanes me pone tan triste. Muchísimo. Porque sé que volveré, claro. Pero también sé que ningún verano se repite exactamente. Las niñas serán un poco más mayores. Nosotros también. Algunas conversaciones cambiarán. Algunos planes ya no serán iguales. Y eso, aunque forme parte de la vida, a mí me da una nostalgia tremenda. El final de las vacaciones tiene algo de duelo pequeñito.

Un duelo exagerado, si queréis. Muy mío. Muy dramático. Muy de decir "no puedo con la vida" mientras cierro una maleta llena de ropa húmeda y arena en los bolsillos. Pero duelo al fin y al cabo. Porque despedirse de un lugar amado también duele.

Así que este 14 de agosto me iré de Llanes con pena.

Con muchísima pena.

Probablemente con una sudadera a mano, con las niñas cansadas, con Pablo organizando algo práctico mientras yo miro por la ventana como si protagonizara una película francesa, con restos de arena en el coche, con ganas de llorar un poco y con esa promesa íntima que una se hace al marcharse de los sitios que ama: volveremos.

Porque hay lugares a los que una no va, vuelve.

Y Llanes, para mí, siempre será eso.

Un lugar al que vuelvo incluso cuando me voy.

Con bien de Drama, Cris.

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