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Actualidad y sociedad

El clamor de Adamuz: voces sobre raíles rotos

Cristina Acebedo Hernández·23 enero 2026

El clamor de Adamuz: voces sobre raíles rotos

En la tarde del 18 de enero de 2026, dos trenes de alta velocidad colisionaron en las cercanías de Adamuz, Córdoba, dejando una estela de dolor que todavía estamos empezando a comprender. A fecha de 19 de enero, (día en que escribí esto, aunque no será el de la publicación), el balance oficial refleja al menos 40 personas fallecidas y más de 150 heridas, muchas de ellas de gravedad, mientras continúan las labores de rescate y la cifra podría cambiar conforme se avance en las identificaciones.

No es un número. Son vidas que viajaban de vuelta a casa después de un fin de semana, familias que compartieron un café y guardaban planes para mañana, personas que venían de trabajar, otros que iban a perseguir un sueño, abrazos que nunca llegaron. Testigos describen un estruendo, un «latigazo» repentino y luego la oscuridad, la confusión, el intentar rescatar a quien se podía, sostener manos, avisar a los seres queridos.

Este accidente golpea de forma brutal porque, sin ser algo extraordinario —viajamos en tren, lo usamos como herramienta diaria—, nos recuerda lo frágil que es el hilo que sostiene nuestras rutinas. Y si miramos atrás, no es la primera vez que la tragedia ferroviaria marca nuestra memoria común.

En Galicia, el 24 de julio de 2013, un tren de alta velocidad descarriló en las inmediaciones de Santiago de Compostela, causando 79 muertos y alrededor de 140 heridos. Fueron cifras mayores, pero el dolor fue el mismo: familias destrozadas, paisajes transformados en zonas de duelo, una comunidad entera en estado de shock.

Comparar tragedias no es una competición de cifras. Pero sí es una llamada de atención sobre qué tan a menudo —y cuán profundamente— sufrimos estas pérdidas colectivas.

Más allá de las cifras: la dulcificación del «pueblo salva al pueblo»

Lo que nos reconforta en medio de tanta tristeza no es la política, no son los discursos institucionales. Es la respuesta espontánea de las personas, de quienes llegaron primero al polideportivo para tender mantas, de quienes compartieron agua, de los vecinos que abrieron sus casas y corazones sin esperar nada a cambio. Esa es la dulcificación del «pueblo salva al pueblo»: no es un eslogan, es la vida concreta que emerge cuando todo parece desmoronarse.

Y sin embargo, también está el ruido habitual de siempre: la política del «y tú más», la tentación de convertir cada tragedia en una arena de reproches partidistas, donde el foco se desplaza de lo esencial —las víctimas, las familias, la reconstrucción humana— a la retórica política. Ese ruido desgasta. Nos deja exhaustos.

No se trata de evitar hablar de lo que fue mal, ni de callar la exigencia de respuestas claras sobre causas, medidas de seguridad o protocolos. Se trata de recordar que la indignación más profunda nace del amor, del valor que damos a la vida de quienes no son «nuestros» por afinidad política, sino nuestros por simple humanidad.

El accidente de Adamuz no es un número en una gráfica. Es la suma de historias truncadas, de sueños interrumpidos, de abrazos que se quedaron en el andén. Y más allá de cualquier debate político estéril, es una invitación urgente a poner la mirada en lo humano: en los nombres, en los rostros, en las familias que ahora buscan respuestas y consuelo.

Personas, no cifras.

No quiero que olvidemos a las personas detrás de esos números duros. No quiero que lo que siga sea un eco de discursos huecos. Quiero que lo que perdure sea la memoria de quienes fuimos tocados —aunque sea por empatía— por esta tragedia, y que esa memoria nos invite a cuidarnos más unos a otros, a escuchar más que gritar, y a ser comunidad en el sentido más verdadero de la palabra.

Y, sobre todo, que no nos olvidemos de lo que hoy sentimos.

Que este nudo en el pecho no se diluya cuando pasen los días, cuando el foco se apague, cuando llegue el siguiente titular que lo tape todo. Que no nos volvamos inmunes a la tragedia, ni a la palabra «fallecidos», ni a las cifras que parecen frías pero están llenas de vida.

Porque detrás de cada número hay una historia truncada. Hay niños que hoy se acuestan sin papá o sin mamá, madres y padres que no volverán a escuchar una risa, hermanos que crecerán con una ausencia imposible de nombrar. Hay parejas que quedaron a mitad de conversación, proyectos que no llegaron a cumplirse, mochilas que siguen en un vagón esperando a alguien que no volverá a buscarlas.

Que no olvidemos que el dolor no se acaba cuando se apagan las sirenas, ni cuando se retiran los medios, ni cuando el país pasa página. El dolor continúa en las casas en silencio, en las noches largas, en las preguntas sin respuesta. Continúa en las sillas vacías, en las rutinas rotas, en la vida que hay que aprender a reconstruir sin quien ya no está.

Que no olvidemos tampoco que hoy somos vulnerables, y que eso no es una debilidad, sino una verdad profunda que nos iguala. Que mañana podríamos ser nosotros los que estemos al otro lado de la noticia, esperando una llamada, deseando que todo haya sido un error.

Ojalá sepamos sostener la memoria, no desde el ruido ni desde el enfrentamiento, sino desde el cuidado. Ojalá sepamos mirar a las víctimas como lo que son: personas amadas, imprescindibles para alguien. Y ojalá, cuando llegue el cansancio informativo, sigamos recordando que la vida es frágil, que merece ser protegida, y que la única respuesta verdaderamente digna ante una tragedia así es no olvidar y seguir siendo humanos.

Y en todo eso que no debemos olvidar se encierra, aunque duela, un grito claro y urgente: VIVIR AHORA.

Vivir en presente, sin posponerlo todo para mañana. Vivir y sentir, decir lo que importa, abrazar sin prisa, saltar, reír, aprovechar el tiempo que sí tenemos. Atrevernos a estar, a elegir, a cuidar, a mirar a los ojos. Porque la vida no avisa, no espera, no garantiza el siguiente trayecto. Y quizá la forma más honesta de honrar a quienes ya no están sea no vivir anestesiados, no pasar por los días de puntillas, no dejar para luego lo esencial. Vivir ahora, con conciencia, con presencia y, sobre todo, con humanidad.

Con Amor, Cris.

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