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Maternidad

Después del Día de la Madre (cuando ya ha pasado el ruido)

Cristina Acebedo Hernández·05/05/2026

Han pasado unos días. Cinco, para ser exactos... cinco días desde ese domingo en el que Instagram se llenó de flores, fotos antiguas, declaraciones infinitas y frases que, si te soy sincera, me pusieron los pelos de punta.

He esperado a que pasara el ruido, a que bajara la marea de corazones, de reels emotivos, de homenajes perfectos... porque hay cosas que solo se pueden pensar —y decir— cuando todo se calma. Y hoy quiero hablar de eso. No desde el enfado, sino desde la inquietud; no desde la crítica fácil, sino desde la responsabilidad que siento —como madre, como psicóloga y como persona— de mirar un poco más allá. Porque lo que vi... no es inocente.

«Mamá, eres la mejor», «mamá, siempre estás», «mamá, nunca fallas», «mamá, lo das todo sin pedir nada»... y así, una tras otra. Frases que parecen bonitas, que suenan bien, que emocionan, que incluso nos hacen llorar... pero que, si las miras despacio, pesan. Pesan mucho más de lo que parece.

Porque no son reales. Y porque, sin darnos cuenta, construyen un modelo que no solo es imposible... sino profundamente injusto.

Ni las madres somos las mejores, ni estamos siempre, ni somos seres de luz, espirituales, infinitos, inquebrantables. Somos humanas... nos cansamos, nos equivocamos, a veces no llegamos, a veces no sabemos cómo hacerlo mejor. Y decir esto no es rebajar el amor, es hacerlo más honesto, más habitable.

Hubo algo que me impactó especialmente, algo que se repetía con una naturalidad que me inquietó más que cualquier otra cosa. Esas frases que muchos hijos escribían con orgullo: «mamá, tú que siempre te coges el filete más feo», «mamá, tú que te dejas para el final», «mamá, tú que nunca te compras nada»... y yo pensaba, casi en voz alta, ¿de verdad estamos aplaudiendo esto?

¿De verdad hemos llegado a un punto en el que el amor se mide en cuánto te olvidas de ti?

Si cambiáramos el contexto por un momento y estas mismas frases no hablaran de una madre, sino de una pareja... nos echaríamos las manos a la cabeza. «Mi pareja siempre se deja para el final», «mi pareja nunca piensa en sí misma», «mi pareja lo da todo aunque se quede sin nada»... ¿no nos sonaría preocupante?, ¿no hablaríamos de desequilibrio, de falta de límites, incluso de una forma de relación poco sana? Entonces, ¿por qué cuando hablamos de madres lo convertimos en algo admirable? ¿En qué momento el amor materno se ha quedado fuera de los criterios básicos de salud emocional que sí aplicamos a cualquier otro vínculo?

Porque si lo pensamos bien... esto no es amor idealizado, es renuncia aprendida, es autoabandono normalizado, es sacrificio elevado a categoría de virtud.

Cuando aplaudimos que una madre se elija siempre la última, estamos enseñando que quererse menos es lo correcto.

Y aquí hay algo que, como profesional de la salud mental, no puedo dejar pasar: cuando celebramos que una madre nunca piense en sí misma, estamos validando que su identidad desaparezca; cuando decimos «qué buena madre, que lo da todo»... muchas veces lo que hay detrás es alguien que ya no sabe dónde termina el dar y dónde empieza el perderse.

Y aquí viene algo muy personal...

Yo no quiero ser la que «siempre está». Y decir esto, todavía hoy, cuesta, porque parece que va contra algo sagrado, contra una idea muy arraigada de lo que significa ser una buena madre. Pero no.

Yo no quiero ser la que siempre está, porque eso significaría que no tengo límites, que no tengo espacios propios, que no tengo derecho a no poder... y eso no es sano, ni para mí ni para mis hijas.

Yo quiero ser una madre que acompaña como puede, que a veces acierta y a veces no, que está presente... pero también se ausenta cuando necesita volver a sí misma. Quiero que mis hijas no me vean como un ser todopoderoso, quiero que me vean humana, con todo lo que eso implica.

Que sepan que su madre también se cansa, que también necesita parar, que también tiene deseos, tiempos, silencios... porque eso les enseña algo mucho más valioso que la perfección: les enseña a cuidarse.

Los hijos no aprenden sólo de lo que decimos. Aprenden, sobre todo, de lo que ven. Y si ven a una madre que siempre se deja para el final, aprenderán que eso es amar; si ven a una madre que nunca se prioriza, aprenderán que eso es lo correcto; si ven a una madre que se olvida de sí misma, aprenderán que quererse es secundario.

Y aquí hay algo incómodo, pero necesario de nombrar: muchos de los mensajes que se compartieron ese día no hablaban solo de amor... hablaban de modelos, de patrones, de historias que se repiten sin cuestionarse. Porque muchas de esas madres no eligieron conscientemente ser así, simplemente aprendieron que ese era su lugar... y ahora, sin darnos cuenta, lo seguimos celebrando.

El amor de una madre es inmenso, ¡claro que sí!. Pero no debería implicar desaparecer. No debería implicar agotarse hasta el límite, ni olvidarse, ni dejarse en pausa indefinidamente.

Porque cuando el amor duele demasiado... a veces ya no es sólo amor.

A veces es miedo, a veces es culpa, a veces es una forma de sostenerlo todo porque nadie nos enseñó otra manera. Y esto no es un juicio, es una invitación... a mirar con más profundidad, a preguntarnos qué estamos validando, a revisar qué tipo de amor queremos seguir transmitiendo.

Quizá ha llegado el momento de cambiar el relato, de empezar a decir otras cosas, más reales, más habitables, más sanas. «Mamá, gracias por quererme... y por quererte», «mamá, gracias por estar... y por enseñarme que también necesitas tu espacio», «mamá, gracias por todo lo que me das sin dejar de ser tú».

Porque eso sí es amor.

Un amor que no borra, que no exige perfección, que no se construye desde el sacrificio extremo... sino desde la presencia y el respeto, también hacia una misma.

No se trata de dejar de celebrar. Se trata de celebrar mejor. De elegir palabras que no pesen, de construir mensajes que no exijan imposibles, de reconocer el amor sin romantizar el dolor.

Porque las madres no necesitan ser perfectas... necesitan poder ser.

Y quizá ahora, que ya han pasado los días, que ya no hay ruido, que ya no hay prisa por publicar ni por decir lo correcto... es buen momento para hacerse algunas preguntas, de esas que no se responden rápido:

¿En qué momentos te dejas para el final... y por qué?

¿Qué partes de ti has ido dejando en pausa sin darte cuenta?

¿Qué aprenderían tus hijos si te vieran cuidarte un poco más?

¿Qué tipo de amor quieres que entiendan como normal?

Hoy no escribo esto para señalar. Lo escribo porque me importa... porque creo que podemos hacerlo distinto, más suave, más real, más sano.

Y porque, en el fondo, cuidar también es esto: revisar lo que damos por bueno... y atrevernos a cambiarlo.

Si te ha removido, si te has visto, si te ha hecho pensar... quizá ya estamos haciendo algo diferente.

Y eso, aunque no se publique en Instagram, también es amor.

Con Amor, Cris.

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