Volver al blog

Redes y autoestima

Cuando veinte personas te miran con cariño

Cristina Acebedo Hernández·31/10/2025

Leí la semana pasada una frase en las historias de mi amiga Mónica (@desmadreando) que me dejó pensando durante horas: "Las redes sociales nos engañan porque nos han hecho pensar que 20 likes son muy pocos, pero imagínense a 20 personas acercándose a ustedes en un día expresándoles lo bien que se ven o lo increíble que lo están haciendo." La frase la había publicado @psicofrances pero Mónica siempre me trae a mi ventanita de Instagram risas, reflexiones e inspiración a partes iguales.

La frase me atravesó. No sólo por lo que dice, sino por todo lo que revela del tiempo en que vivimos. Es tan fácil olvidar la medida real de las cosas. Tan fácil perder la escala humana.

Vivimos en una época donde todo se mide: los pasos que damos, las horas que dormimos, los seguidores que tenemos, los likes que recibimos. Pero en medio de tanta medición, se nos escapa lo esencial: el sentido. Porque lo que no se puede contar —la ternura, la presencia, la mirada atenta, el silencio compartido— parece no tener valor. Y, sin embargo, ahí está la vida. En lo que no se mide.

Las redes sociales nos han dado mucho: nos conectan, nos inspiran, nos acompañan en momentos de soledad. Pero también nos engañan. Nos hacen creer que la validación viene de fuera, que lo valioso es lo que se muestra, lo que se ve. Nos acostumbraron a pensar que veinte personas son pocas, que mil es "normal" y que lo verdaderamente exitoso es "viral". ¿Pero qué pasaría si de verdad veinte personas se acercaran a ti en un día, te miraran a los ojos y te dijeran: "Gracias. Me hiciste bien"? ¿No sería eso un milagro cotidiano? ¿No bastaría con una para que el día tuviera sentido?

El problema es que hemos desplazado la mirada. Ya no miramos al otro, sino la pantalla. Ya no escuchamos lo que alguien nos dice, sino lo que "podría funcionar". Y poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a vivir en función de la respuesta esperada: de un algoritmo, de un número, de una gráfica.

Cuando empecé a escribir, a acompañar, a compartir reflexiones, me costaba entender qué significaba "llegar a la gente". Porque las redes miden eso con cifras: alcance, interacción, visibilidad. Pero el impacto real no siempre se deja ver. Hay algo profundamente humano en los pequeños gestos. Una persona que te escribe diciendo que tu texto le recordó que aún puede sanar. Otra que no comenta, pero que un día te confiesa que te lee en silencio, cada semana. Alguien que guarda tus palabras porque las sintió suyas. Eso no sale en las estadísticas. Y, sin embargo, eso es todo.

Porque lo que transforma no es la cantidad, sino la calidad de los vínculos que se crean. No la multitud, sino la presencia. Y en esa presencia, el número deja de importar.

En las redes, la comparación es una sombra que se desliza sin que la invites. Te comparas sin querer. Con quien tiene más visibilidad, con quien publica más, con quien parece "lograrlo" todo. Pero la comparación tiene un efecto corrosivo: te aleja de ti. Cada vez que mides tu valor en likes, restas autenticidad. Cada vez que adaptas lo que dices para gustar más, pierdes un poco de tu voz. Y cuando te olvidas de para qué empezaste, te vacías.

La única manera de sostenerse en un espacio tan volátil como las redes es recordar por qué compartes. Si lo haces para acompañar, para ofrecer algo de ti, para tender un puente, entonces cada persona que se detiene a leer ya es suficiente. Veinte personas escuchándote con atención es una comunidad. Cinco personas que te leen con el corazón abierto es un comienzo. Una sola persona que se siente comprendida ya es motivo para seguir.

Tal vez parte del autocuidado —ese del que tanto hablamos en Te Cuidas— también sea esto: volver a darle valor a lo pequeño. A lo cotidiano, a lo que no se ve, a lo que no se cuenta. A la conversación en la que alguien te escucha de verdad. A las palabras que escribes sin pensar si serán compartidas. A los gestos que no se publican, pero sostienen el día.

Vivimos en una época que confunde lo visible con lo importante. Pero hay una vida entera ocurriendo fuera de cámara, en los márgenes, en los espacios donde nadie aplaude, pero el alma descansa. Y ahí, en esa vida discreta, está lo que nos salva.

Quizás hoy podrías hacer un pequeño experimento: imagina que tus redes son una plaza, y que esas veinte personas que te leen de verdad se acercan a saludarte. Te sonríen. Te agradecen. Te dicen que tus palabras les hicieron pensar, o respirar un poco más despacio. Míralas a los ojos, aunque solo sea en tu mente. Y entonces pregúntate: ¿no sería ya suficiente?

En un mundo que corre, que mide, que compite, cuidar también es recordar la escala humana de las cosas. Veinte personas, veinte corazones, veinte miradas que te ven: eso no es poco. Eso es mucho. Eso es vida compartida.

Con Amor, Cris.

¿Quieres que hablemos de algún tema?

Háznoslo saber