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CULTURA Y SOCIEDAD

Cuando se apaga la luz...

Cristina Acebedo Hernández·29/04/2025

Ayer fue el gran apagón. Y sí, hoy es cuando estoy escribiendo, empezando casi a las 11 de la noche. No porque no quisiera hacerlo ayer mismo, sino porque, sinceramente, el día nos arrolló: reorganizar sesiones, replantear agendas, mover citas, atender urgencias, todo en medio de la incertidumbre y un poco de caos.

Cada una del equipo vivió su propia historia. Rosario estaba volando y le tocó lidiar con retrasos, cambios de aeropuerto y un buen puñado de imprevistos. Yo empezaba una sesión cuando la pantalla se quedó en negro y el silencio invadió el despacho. Claudia también estaba acompañando a alguien cuando, de repente, todo se detuvo. Bárbara disfrutó de un día de radio y velas, de un tiempo robado, hasta que la falta de electricidad se alargó tanto que también empezó a hacerse pesado. Mientras tanto, otra parte del equipo estaba fuera, ajena a todo, alucinando con lo que compartíamos en el grupo de trabajo mientras tratábamos de rearmar un día que se había roto en mil pedazos.

Pero más allá de nosotras, ayer fue un día importante para mí. No solo por el apagón. Era el cumpleaños de mi hija mayor y Lunes de Aguas en Salamanca, esa fiesta en la que salimos al campo a comer hornazo, reímos con amigos y celebramos casi como si no existiera mañana. Un día que, sin luz, nos recordó cómo era antes de que todo dependiera de una pantalla. Muchos pagaron sus bocadillos, empanadas, hornazos y bebidas en efectivo, como en aquellos tiempos en los que la cartera no guardaba tarjetas, sino billetes arrugados. De pronto, todo se volvió más humano. Más simple, que no más sencillo, porque la falta de costumbre de hacer las cosas "como antes" ponía en jaque la capacidad de nuestros cerebros para resolver sin máquinas.

Pero el apagón también trajo otras emociones, menos amables. Para algunos fue una jornada de ansiedad: de quedarse atrapados en ascensores, de no poder contactar con los suyos, de preguntarse cuánto iba a durar todo esto. La oscuridad trae consigo algo primitivo: la sensación de desamparo, de no tener control. La soledad también se hizo más grande para muchos. En un mundo acostumbrado a estar "conectado", el silencio digital dejó a personas completamente aisladas, recordándoles su propia soledad no deseada.

¿Y el miedo? Estuvo ahí, como un susurro bajo la piel. ¿Volvería la luz? ¿Sería algo más grave? ¿Estamos preparados para vivir sin todo eso que damos por sentado? A veces el miedo no se manifiesta en gritos ni en pánico. A veces es una mirada larga a través de una ventana, una vibración en el estómago, un insomnio inesperado en la noche más oscura.

Pero también hubo solidaridad. Vecinos ofreciendo linternas. Gente ayudando a cruzar calles oscuras. Amistades rescatadas a la luz de las velas. Familias compartiendo una cena improvisada, como en tiempos en los que lo importante era la compañía, no el wifi.

Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿de verdad necesitamos que se vaya la luz para mirar al de al lado? ¿De verdad tiene que venir alguien o algo externo a quitarnos los dispositivos para que nos demos permiso para estar presentes? El apagón nos conectó, sí. Pero también expuso con crudeza lo que habíamos desconectado hacía tiempo. No es romántico que un corte de suministro nos devuelva el contacto humano: es trágico. No deberíamos necesitar una crisis para escuchar al otro, para hablar con quien vive con nosotros, para mirar a los ojos. Es bonito lo que surgió en algunos rincones, sí. Pero es triste que no surja más a menudo. Y quizá nos convenga preguntarnos por qué.

Cuando todo se apaga fuera, a veces descubrimos la luz que llevamos dentro. Una luz que no depende de cables ni de enchufes. Una luz que sale cuando alguien dice "¿necesitas algo?", cuando un niño juega con una linterna, cuando reímos, cuando nos acercamos, cuando pedimos ayuda y alguien responde.

Ayer el mundo se apagó un rato. Y, sin embargo, en ese apagón, hubo destellos de lo más bonito que tenemos: la humanidad.

Gracias por seguir brillando con nosotros. Incluso en la oscuridad.

Con amor, Cristina Acebedo, psicóloga colegiada nº CL06154

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