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Duelo y aceptación

Cuando la vida no es como esperábamos

Rosario Segovia Brome·4 febrero 2026

Hay expectativas que no sabemos que seguimos sosteniendo, porque no están en la cabeza. Están en el cuerpo. Viven en tensiones, en nudos en el estómago, en esa sensación de espera que a veces ni siquiera sabemos nombrar.

Porque se supone que unos padres te quieren, te miran y te hacen sentir a salvo. Que unos hermanos están y en las malas te abrazan. Que habrá amistades que te escuchen y se queden. Que una crece, encuentra a alguien, tiene hijos y es feliz. Que, si los tiene, serán como imaginaba, y que la maternidad o la paternidad compensarán todo. Que una pareja te quiere, te sostiene y te acompaña. Que es para siempre. Se supone que una debería quererse, sentirse segura y tener claro quién es. Que a cierta edad ya no tendríamos quién sabe qué dudas, que habríamos sanado, que no necesitaríamos más aprobación, más permiso. Que el miedo no estaría tan presente.

Eso es lo que aprendemos. Eso es lo que nos cuentan. Y eso es lo que, de alguna forma, nos quedamos esperando.

Y luego llega la vida con sus desmanes, y quienes esperábamos que estuvieran no saben estar, y los vínculos fallan, y la vida, incluida la relación con una misma, se parece poco a la que imaginábamos cuando éramos pequeñas. Y frustra. Y duele. Y pesa. Mucho, a veces.

Hay un dolor ahí que necesita espacio. Un dolor silencioso, hecho de ausencias, de promesas que no llegaron, de versiones de la historia que no fueron. No siempre es escandaloso, a veces simplemente se instala.

Sin embargo, con el tiempo, mi experiencia y vuestras historias, he ido comprendiendo que el sufrimiento, no el dolor, no nace tanto de la realidad tal cual es, sino de permanecer habitando la distancia entre lo que es y lo que creemos que debería ser. De aferrarnos a esa fantasía de llegada, a ese "cuando pase esto estaré bien", esperando que las personas sean distintas o que las circunstancias cambien, cuando en realidad las personas son quienes son y la vida es como es, y no puede ser de otra manera.

Como decía Fritz Perls: "Yo soy yo, tú eres tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas, tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres tú, yo soy yo. Si en algún momento nos encontramos, será maravilloso; si no, no puede remediarse..."

Y quizá ahí está una de las claves más difíciles: aceptar que el otro no viene a completar nuestra historia, ni a reparar lo que faltó. Ni unos padres, ni unos hermanos, ni las amistades, ni las parejas, ni los hijos.

Y es cuando seguimos esperando que alguien ocupe ese lugar o que la vida cambie, cuando empezamos a distanciarnos de nosotras mismas. Nos quedamos mirando hacia fuera, sosteniendo una imagen de vida que no termina de llegar. Y mientras la nuestra pasa, sin ser vista, sin ser plenamente vivida, sin ser valorada. Porque vamos dejando de estar aquí, en lo que es, en la verdad, que aunque duela, es cierta y es honesta.

Y nos quedamos ahí, sosteniendo esa esperanza más tiempo del que nos hace bien.

Quizá también se trate de no sumar más pérdida a la pérdida: de no gastar la vida que tenemos lamentando la que no fue.

Y entonces, ¿cómo aceptamos? ¿Cómo soltamos?

Despacio. Bajando al cuerpo. Dándonos permiso para sentir sin prisas. Nombrando y dándole espacio al miedo a dejar ir, a la tristeza, a la rabia, a la frustración, sin juzgarlas. Entendiendo que esas emociones hablan de pérdidas, de límites, de deseos no cumplidos. Y, muchas veces, dejándonos acompañar, porque no siempre podemos sostener estos procesos solas.

Aceptar es hacer el duelo por lo que no fue, por lo que no llegó, por lo que nos pasamos media vida soñando, para poder llegar a habitar, con amor y agradecimiento, la realidad que nos pertenece.

Aceptar no es rendirse. No es resignarse. Es dejar de pedirle a ciertas personas que sean quienes no pueden ser. Es renunciar a la fantasía de que, si aguantamos un poco más, algo cambiará. Es soltar la idea de la vida que pensábamos que nos tocaba, para poder salir de la espera y empezar a actuar desde la realidad que habitamos.

Aceptar no elimina el dolor, pero lo transforma. Hace que pese menos. Nos permite dejar de luchar contra lo que es, contra lo que somos. Nos ayuda a soltar la comparación con la vida que imaginábamos y a empezar a mirar la que tenemos delante. Porque lo cierto es que no existe otra.

¿Y si, en vez de quedarnos atrapadas en lo que esperábamos y no llegó, empezáramos a valorar también todo eso que la vida sí nos dio, aunque no estuviera en nuestros planes?

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