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Estaciones y ánimo

Cuando la lluvia se queda

Cristina Acebedo Hernández·12/02/2026

Salamanca, enero interminable y el ánimo que se moja.

En Salamanca llevamos con lluvia desde el 5 de enero.

Lo digo y suena casi anecdótico, como un dato de sobremesa, pero no lo es. Porque cuando el cielo decide quedarse gris durante semanas, no sólo cambia el paisaje, cambia el ritmo, cambia la piel; cambia, aunque no queramos admitirlo del todo, el ánimo.

Ha habido momentos de sol. Sí. Alguno. Breves, casi tímidos, como si las nubes hubieran levantado un poco la persiana para recordarnos que la luz sigue ahí... pero sin intención de quedarse.

Y algo se nota.

Se nota en el cuerpo al levantarse. En esa pequeña pesadez que no sabes muy bien de dónde viene. En la dificultad para arrancar por las mañanas. En la sensación de que todo cuesta un poco más. También en las conversaciones cotidianas, en esa frase que se repite: “Estoy como apagada”, “Qué largo se está haciendo enero”, “Necesito que salga el sol”.

No es una exageración. Nuestro estado de ánimo es más permeable (nunca estuvo tan bien usada esta palabra...) de lo que creemos.

La luz regula procesos muy básicos. Influye en la energía, en el sueño, en la sensación de vitalidad. Cuando durante semanas el día amanece nublado y anochece temprano, el cuerpo recibe menos señales de activación. Es como si todo invitara a recogerse, a ralentizarse. Y nosotros, que vivimos acelerados casi todo el año, notamos esa bajada como si fuera un fallo.

Pero quizá no es un fallo. ¿Y si es un ajuste?

El problema es que no siempre sabemos estar en el ajuste. Nos gusta la expansión, la terraza al sol, la ciudad luminosa. Nos gusta caminar por la Plaza Mayor con gafas de sol y sentir que el día se abre. Cuando eso desaparece, algo dentro también parece cerrarse un poco.

La lluvia constante no solo moja las calles. A veces activa pensamientos más repetitivos. Hay más tiempo en casa, menos movimiento al aire libre, menos encuentros espontáneos. Y cuando el entorno se vuelve más silencioso, la mente puede empezar a hablar más alto.

Y... no siempre lo hace con dulzura.

Enero, además, ya es un mes delicado. Venimos de la intensidad de la Navidad, de la familia, de los excesos, de las expectativas. De repente todo se apaga. Si a eso le sumamos semanas de cielo gris, el contraste se acentúa. Es como si el año empezara pidiendo introspección sin avisar.

Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en cómo lo vivimos.

Porque si algo tenemos los españoles es la capacidad de hacer broma incluso bajo el diluvio. Basta con escuchar cualquier conversación estos días: que si hemos alquilado un amarre en el Tormes, que si vamos a comprarnos un barco, que si en cualquier momento nos sale acento gallego de tanto practicar con la lluvia. Nos reímos de que ya no vivimos en Salamanca sino en una sucursal de Santiago.

Ese humor no es superficial. Es regulador. Reírnos de la situación es una forma de no sentirnos completamente a merced de ella. Es una manera de decir: “Sí, el cielo está gris, pero aquí seguimos”.

El humor compartido crea vínculo. Y el vínculo amortigua el bajón.

Aun así, hay días en que la broma no basta. Días en que el cuerpo está más lento y el ánimo más sensible. Y eso también merece espacio. Porque la lluvia persistente invita hacia dentro. Obliga a quedarnos más tiempo en casa, a cancelar planes, a improvisar otros más íntimos. Y entrar hacia dentro no siempre es cómodo.

A veces, en esa interioridad forzada, aparecen preguntas que durante el verano no se escuchaban. Aparece el cansancio acumulado. Aparecen las dudas. Aparece una cierta melancolía difícil de nombrar.

La lluvia tiene algo de espejo. Amplifica lo que ya estaba.

Si estás bien, puede ser recogimiento amable. Si estás frágil, puede sentirse como peso añadido.

Por eso estos periodos largos de mal tiempo pueden afectar más de lo que imaginamos. No solo por la falta de sol, sino por lo que despiertan.

Sin embargo, también traen algo valioso. Hay una intimidad especial en los días de lluvia. El sonido constante contra el cristal, la casa más habitada, las conversaciones largas sin prisa. La lluvia nos obliga a bajar el ritmo en una cultura que apenas nos deja hacerlo. Nos coloca, casi sin pedir permiso, en un tempo más lento.

Y quizá parte del malestar venga de esa resistencia a bajar.

Estamos tan acostumbrados a exigirnos productividad, energía constante, motivación inagotable, que cuando el cuerpo pide pausa lo interpretamos como debilidad. Cuando en realidad puede ser simplemente invierno.

Tal vez no se trate de esperar a que vuelva el sol para sentirnos mejor, sino de aprender a convivir con el gris sin castigarnos por ello. De aceptar que habrá días más introspectivos, más callados, incluso un poco más tristes. Y que eso no significa que algo esté mal en nosotros.

Significa que estamos vivos y que respondemos al entorno.

Me pregunto qué pasaría si en lugar de luchar contra este enero interminable lo escucháramos un poco más. Si en vez de repetir “qué horror de tiempo” nos preguntáramos: ¿qué necesito en estos días? ¿Más descanso? ¿Más abrigo? ¿Más contacto?

Quizá necesitamos salir igualmente a caminar, aunque el cielo esté cubierto. La luz, incluso filtrada por las nubes, sigue siendo luz. Quizá necesitamos encender lámparas cálidas por la tarde, poner música que nos active, llamar a alguien cuando notamos que la mente empieza a girar en círculos.

Pequeños gestos que no cambian el clima, pero sí la experiencia interna.

Salamanca seguirá dorada bajo la lluvia, aunque no lo parezca. Las piedras siguen ahí, esperando el sol. Nosotros también. No hemos perdido nuestra energía; solo está más recogida.

Y mientras el cielo decide abrirse, seguimos haciendo lo que mejor sabemos hacer: bromear con que vamos a comprar un barco, compartir cafés calientes, comentar que esto ya es clima atlántico y, al mismo tiempo, sostenernos unos a otros con esa red invisible que son las conversaciones cotidianas.

El sol volverá. Siempre vuelve.

Pero mientras tanto, quizá el aprendizaje no esté solo en esperar la luz, sino en aprender a encender pequeñas luces propias cuando afuera no las hay. En tratarnos con más suavidad. En permitirnos estar un poco más lentos sin sentir que estamos fallando.

Porque el estado de ánimo también tiene estaciones. Y no todas son luminosas.

Algunas, como este enero (que ya es febrero) interminable, son húmedas, grises y extrañamente reveladoras.

Y tal vez, cuando por fin vuelva el sol a la Plaza Mayor, lo sentiremos con una intensidad distinta. Como quien ha atravesado un invierno largo y ha aprendido algo sobre su propia capacidad de cuidado.

Con lluvia. Y también con humor.

Con Amor, Cris.

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