Conciliación
Bienvenido julio, el mes en el que amar y conciliar se ponen intensos
Bienvenido julio, el mes en el que amar y conciliar, se ponen intensos.
una mirada con humor y ternura a las vacaciones escolares, la culpa materna, las pantallas, los campamentos y ese cansancio que no significa querer menos.
Vaya por delante una cosa, porque esto hay que decirlo siempre antes de hablar de maternidad, no vaya a ser que venga alguien con el detector de malas madres en modo aeropuerto: a mí mis hijas me flipan. ME FLIPAN DE VERDAD. Y me flipan los veranos con ellas. Yo soy de las que en septiembre se deprime... pero... vamos a por aquello que, TAMBIÉN, es real.
Me gusta estar con ellas, me divierten, me enternecen, me enseñan, me hacen reír, me descolocan, me recuerdan que la vida no siempre se ordena por importancia sino por intensidad, y he conciliado feliz durante muchos años, con esa mezcla tan nuestra de agenda, malabares, culpa razonable, cafés fríos y «sí, puedo, lo organizo». Pero una cosa no quita la otra. Y la otra es que cuando se acaba el cole y los niños están en casa, empieza una movida de aúpa.
Una movida preciosa, sí, con olor a crema solar, sandía, piscina, helados, siestas imposibles y planes improvisados, pero movida al fin y al cabo, porque el verano infantil no siempre coincide con el verano adulto, y ahí empieza el pequeño drama contemporáneo: ellos entran en modo vacaciones, tú entras en modo «a ver cómo hacemos esto sin que se caiga la casa, el trabajo, la salud mental y la dignidad». Porque para los niños, terminar el cole es casi cinematográfico.
Salen con la mochila medio rota, la carpeta llena de dibujos, las rodillas peladas, la emoción por las nubes y esa sensación maravillosa de que el mundo acaba de abrirse como una sandía fresca. Para ellos empieza el verano. Para ti empieza Excel (¡uno más!)
Campamentos, abuelos, horarios, comidas, protección solar, turnos, pantallas, lavadoras, planes, trayectos, meriendas, bañadores que nunca están secos, sandalias que desaparecen, «mamá, me aburro», «mamá, tengo hambre», «mamá, mira», «mamá, ¿qué hacemos hoy?», «mamá, ¿puede venir fulanita?», «mamá, ¿puedo dormir en tu cama?», «mamá, ¿falta mucho para la piscina?»...
Y tú ahí, amándolas profundamente, claro, pero también intentando recordar si has contestado aquel correo, si has comprado fruta, si hay toallas limpias, si el campamento era con camiseta blanca o azul, si hoy tocaba llevar botella de agua o autorización firmada, si alguien ha comido algo que no sea pan con cosas, y si esa sensación de estar en todas partes menos en ti misma tiene nombre o simplemente se llama julio.
Julio, probablemente. Julio es un estado mental. Un estado mental con chanclas en la entrada, vasos por toda la casa y una madre diciendo «baja la voz» en bucle, aunque nadie la escuche porque todo el mundo está viviendo su mejor verano a 200 decibelios.
Puedes adorar a tus hijos y estar agotada de tus hijos. Las dos cosas pueden ser verdad.
Y aquí viene lo importante, lo que a veces cuesta decir sin sentir que una está traicionando el relato bonito de la maternidad: puedes adorar a tus hijos y estar agotada de tus hijos. ¡Caray! Las dos cosas pueden ser verdad.
Puedes querer pasar tiempo con ellos y, al mismo tiempo, fantasear con una habitación blanca, silenciosa, sin preguntas, sin migas, sin dibujos animados de fondo y sin nadie tocándote el brazo para enseñarte algo justo cuando estás intentando pensar una frase entera.
Puedes disfrutar de sus vacaciones y echar de menos el colegio.
Puedes emocionarte al verlos crecer, libres, descalzos, morenos, felices, y a la vez mirar el calendario pensando: «Madre mía, ¿solo estamos a 3 de julio?». No eres peor madre por eso. Eres una persona.
Una persona adulta intentando cuidar, trabajar, organizar, sostener, acompañar, jugar, poner límites, preparar comida, gestionar emociones propias y ajenas, y además hacerlo con buen humor, porque parece que el verano, como tiene luz bonita, no admite quejas. Pero las admite. Las admite todas.
Porque la conciliación no es solo una cuestión de horarios, es una cuestión de cabeza, de cuerpo, de energía, de presencia, de ese hilo invisible que llevas todo el día tensado, pendiente de lo que pasa, de lo que falta, de lo que alguien necesita, de lo que puede torcerse, de lo que hay que anticipar para que todo parezca más o menos fácil.
Y cuando hay niños en casa, la cabeza rara vez está sola. Está contigo, pero también está en ellos.
En si han desayunado, en si se han puesto crema, en si han discutido, en si llevan demasiada pantalla, en si se están aburriendo demasiado, en si deberían aburrirse más porque dicen los expertos que aburrirse es buenísimo, pero claro, los expertos no están en tu salón a las cinco de la tarde con dos criaturas aburridas preguntando cada tres minutos qué pueden hacer.
El aburrimiento infantil es muy saludable en teoría.
En la práctica, es una performance de larga duración.
Empieza con un «me aburro», sigue con paseos dramáticos por la casa, continúa con intentos de merendar por cuarta vez y suele acabar con alguien llorando porque alguien respiró cerca de su Lego.
Y una, que quiere fomentar la creatividad, la autonomía, el juego libre y todas esas cosas estupendas, aguanta un rato, respira, observa, confía en el proceso, hasta que llega un momento en que dice: «Por favor, haced un dibujo, leed, construid algo, inventad una obra de teatro, pero no me narréis vuestro aburrimiento en directo como si fuera la final de Eurovisión».
La maternidad en verano tiene mucho de amor y mucho de logística y a veces se nos olvida decirlo.
Parece que si dices que estás cansada, estás diciendo que no quieres estar con tus hijos, y no, no va de eso, va de que querer no elimina la carga, amar no hace que el día tenga más horas, disfrutar de ellos no significa que no necesites silencio, espacio, descanso, o simplemente ir al baño sin público, que es una aspiración humilde pero profundamente civilizada.
También está la culpa, por supuesto.
La culpa de no jugar suficiente, la culpa de trabajar cuando están en casa, la culpa de ponerles una película para poder terminar algo, la culpa de no hacer planes maravillosos cada día, la culpa de que coman demasiados helados, la culpa de que no lean, la culpa de que lean, pero en mala postura, la culpa de que estén con pantallas, la culpa de que si no están con pantallas entonces te reclaman a ti como si fueras una aplicación interactiva sin límite de uso.
La culpa en verano se pone pareo, pero, ¡caramba! sigue siendo culpa.
Y quizá una parte importante del cuidado, también aquí, sea bajarla un poco del pedestal, mirarla con cariño y decirle: «Gracias por intentar que lo haga bien, pero hoy no vas a dirigir la casa».
Porque no hace falta hacerlo todo perfecto. No hace falta que cada verano sea inolvidable.
No hace falta que tus hijos tengan una infancia diseñada en Pinterest, con manualidades sensoriales, excursiones educativas, meriendas saludables en tarros de cristal y tardes de conexión emocional profunda bajo una higuera.
A veces el verano será piscina municipal, macarrones, dibujos, primos, siesta fallida, paseo tarde, helado que gotea, discusión absurda, ducha con arena, cena rápida y cama.
Y eso también puede ser infancia feliz.
A veces lo que recordarán no será el plan extraordinario, sino el olor de la crema, el sonido de las chanclas, una noche que cenaron tarde, una madre riéndose aunque estaba cansada, un baño largo, una canción en el coche, una tarde de calor en la que no pasó nada especial pero estaban juntas.
No tenemos que fabricar recuerdos todo el rato. A veces basta con estar. Como podamos.
Con amor, con límites, con cansancio, con contradicciones, con ratos buenos y ratos de «por favor, cada una en una habitación cinco minutos o mamá se va a poner a hablar en latín».
Y esto también es psicología: poder sostener la ambivalencia sin castigarnos.
Poder decir «me encanta estar con mis hijas» y «necesito un rato sin que nadie me pregunte nada», sin que una frase borre la otra.
Poder reconocer que la maternidad tiene momentos de plenitud y momentos de saturación, momentos de ternura absoluta y momentos en los que una se descubre escondida en la cocina comiendo algo de pie para no compartirlo.
Poder entender que el amor no se mide por la disponibilidad constante, que una madre también necesita borde, espacio, silencio, sombra, agua fría, una conversación adulta y cinco minutos sin escuchar «mamá».
Porque cuando una se cuida, no se está apartando de sus hijos, está intentando volver a ellos con un poco más de paciencia, con un poco más de cuerpo, con un poco menos de mirada perdida. Y eso importa.
Importa que nuestros hijos vean madres que aman, sí, pero que también descansan, que ponen límites, que dicen «ahora no puedo», que se equivocan, que piden perdón, que se ríen, que necesitan silencio, que no viven en modo animadora sociocultural permanente.
Porque quizá esa sea una buena enseñanza de verano: que la convivencia no va de estar disponibles todo el tiempo, sino de aprender a estar juntos sin devorarnos.
Acompañar no es entretener siempre. Cuidar no es anticiparlo todo. Amar no es desaparecer.
Y conciliar, muchas veces, no es encontrar el equilibrio perfecto, sino ir moviendo piezas con la dignidad que se pueda, aceptar que algunos días saldrá bastante bien, otros regular, otros será un festival de caos con restos de sandía en el sofá, y aun así, al final del día, quizá haya un momento pequeño que lo salve todo.
Una risa, un beso con olor a cloro, una niña dormida en el coche, un «mamá, hoy me lo he pasado genial», una mano pequeña buscando la tuya... Y, entonces... algo dentro se recoloca, no porque el cansancio desaparezca, no porque la logística deje de existir, no porque de pronto conciliar sea fácil, sino porque recuerdas que en medio de esta movida de aúpa también hay vida, mucha vida, vida desordenada, pegajosa, ruidosa, preciosa, agotadora, llena de migas y de amor.
Así que, si estos días estás feliz de tenerlos cerca y también un poco al borde del colapso, bienvenida.
Si estás organizando campamentos como quien coordina una operación internacional, bienvenida.
Si has dicho «último aviso» doce veces antes de las diez de la mañana, bienvenida.
Si has puesto una película para poder trabajar, ducharte, respirar o mirar al infinito, bienvenida.
Si adoras a tus hijos y echas de menos el silencio del mes de mayo, bienvenida también.
No eres una mala madre. No eres incoherente. No estás fallando. Estás en julio, querida y... julio, ya lo hemos dicho, es un estado mental.
Un estado mental con mucho amor, mucho ruido, mucha crema solar, muchas lavadoras, alguna culpa intentando colarse por la ventana, y la posibilidad, siempre, de tratarnos con un poco más de humor, un poco más de ternura y un poco menos de exigencia.
Porque a veces cuidarse en verano no es irse sola tres días a una casa frente al mar, aunque ojalá, sino cerrar una puerta cinco minutos, beber agua, bajar expectativas, pedir ayuda, dejar que se aburran, poner una película sin redactar una tesis sobre pantallas, aceptar que no todo será mágico, y recordar, en mitad del caos, que también tú estás de vacaciones de la perfección.
Aunque solo sea un ratito. Aunque sea en el baño.
Con Amor, Cris.